ALEXANDER FLEMING Y SU PENICILINA

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ALEXANDER FLEMING Y SU PENICILINA

TODAS estas cosas de los descubrimientos y de las invenciones y tal me llaman la atención porque indican lo ciego que somos la gran mayoría de los humanos para ver las cosas que suceden a nuestro derredor.

     Como ejemplo, recordemos que en la mañanita del día viernes 28 de septiembre de 1928, un escocés se puso a mirar a través de un microscopio a unas bacterias que tenían unas piernas muy bonitas. A estas fulanas bichejas las había puesto el investigador en platos de petri y las miraba y remiraba con atención, pues las condenadas mantenían un inenarrable relajo ahí con los estafilococos que a la sazón eran bastante atrevidos. El mirón se llamaba Alexander y tenía un apellido que se haría famosísismo: Fleming.

     Pues bien, este señor Fleming era médico y en vez de dedicarse a curar enfermos, que entonces era muy fácil, pues lo único que hacían los médicos era aplicarles sangrías terapéuticas a los pacientes, con lo cual la mayoría se iba al otro mundo. Es verdad que algunos pocos se salvaban; pero no por la intervención del médico, sino porque pegaban una carrera y no se dejaban. Este señor, como digo, se dedicó a la investigación, a pesar de que era una actividad peor remunerada que la práctica médica; pero esos caprichos tienen los genios.

     Así que el hombre se zumbó ocho años con la manía de hacerle la vida imposible al virus de la influenza y se puso a observar, como les estaba contando, y fue en eso cuando estando Fleming de lo más entretenido mirando las bacteritas que daban salticos como locuelas, se dio cuenta de que las bichas no se acercaban al borde del plato. ¿Y por qué será? Se preguntaba el bacteriólogo mordido por la curiosidad y entonces de inmediato se fijó bien y halló la respuesta: en el borde del plato se había formado un poco de moho y a las bacterias les daba asco ensuciarse ahí los zapatos.

     —¡Eureka! —gritó el sabio escocés que se encontraba en Londres jurungando cosas y recordando a su colega Arquímedes.
     —¿Y qué fue lo que vio usted que no he visto yo, colega? ¿Qué significa ese eureka tan entusiasta? —le preguntó otro médico científico llamado Wrigth que estaba con él observando a los diminutos bichejos.
     —Esa bacteria, mire, mire —le apuntó Fleming—, le da asco acercarse al moho. Hace rato la observo y la individua baila que te baila, pero en el centro del plato, nada que se mueve hacia la orilla.
     —¿Y por qué hará eso esa bacteria? ¿Será por motolita? —preguntó Wrigth un poco confundido.
     —Qué motolita nada, lo que pasa es que ese moho contiene alguna sustancia que inhibe su crecimiento —dijo Fleming muy seguro, y de inmediato, para que no le colearan la parada, bautizó ese principio activo con el sonoro nombre de “penicilina notatum”.
     Demás está decir que el mundo saltó en una sola pata.
     —Vamos a reventar cien cohetazos —propuso un flaquito que tosía mucho porque la tuberculosis le tenía los pulmones ocupados con unos bacilos de Koch que por nada del mundo le querían desocupar para que pudiera respirar a gusto.
     —Hombre, vamos a celebrar de otra manera y dejamos los cohetes para fines prácticos —le reprochó un terrorista que en eso de aprovechar bien los reventones saben bastante.
     —Pero es una lástima, porque con fuegos artificiales se celebra bien bonito. Cómo que si no, si es que la pólvora existe desde hace añales —argumentaba el tísico.
     —La pólvora sí, pero no es bueno malgastarla en fuegos artificiales que no matan ni nada; pero si lo que quiere es meter ruido, yo tengo un cañón en mi casa que me lo quedé de la Primera Guerra Mundial y lo estoy guardando para la segunda que se nos viene entre unos diez años, si Dios quiere —ofreció el terrorista.

     Los farmacéuticos, por su parte, no estaban muy contentos, o digamos que lo estaban solo a medias, pues antes de existir la penicilina ellos sacaban su agosto vendiendo unos compuestos ahí que hacían con culei de diferentes colores y que los vendían como pócimas mágicas para diversas enfermedades. Pero al llegar la penicilina esta farmacopea brujeril se acabó.
     Pero, en cambio, los médicos sí estaban muy felices, claro, ya no tenían que estar inventando excusas para justificar el prematuro despacho de sus pacientes para el más allá, pues el que más y el que menos se sanaba. Una herida infectada, penicilina. Una tuberculosis, penicilina. Una alergia, penicilina. Un mal parto, penicilina. Unos calambres en las pantorrillas, penicilina (para esto último no era muy efectiva la medicina esta, pero como el calambre dura pocas horas, funcionaba de perlas).
     Quienes no estaban de acuerdo con este descubrimiento eran los microbios, por supuesto. Ellos opinaban que era injusto que se los barriera así de sopetón y exigían que se respetara su derecho a la vida.
     —¿Si no me dejan alojarme en un pulmón, de qué vivo? —se quejaba un bacilo de Koch.
     —Esto es un abuso de poder —se sumaba a la protesta un vibrión del cólera que ya venía haciendo estragos desde África. Pero nadie les hizo caso y todo ese bichejo microscópico tuvo que irse a freír espárragos sacudidos por el poder de la penicilina que a partir de ese día entró por la puerta grande de la ciencia.

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Imagen y texto de Tomás Jurado Zabala
Gracias por sus amables lecturas

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