Aprendí qué es un regalo.
También aprendí a ser humilde para aceptarlos.
Es la colcha, el pocillo, la rosa vieja enmarcada.
El vino, el libro de Murakami, aquél vestido remendado.
Los zapatos rojos que suenan al pisar
y las botas Guess que me hacen ver elegante como las rolas.
Las almohadas de Andrea que me apapachan la cabeza,
el perfume que Ingrid dejó en su ropa
y la esperanza de Andrés de que algo grande está por venir.
La cartera Louis Vuitton de mi tía Ismary,
el postre de Yuni cuando pasa la tarde
y la comida de Armando que huele a la sazón de papá.
La olla de Ronald que cuece mis huevos,
los cubiertos de Fiorella,
el estudio de Santiago,
la confianza de Steven.
El beso en una hoja de Norma,
las cartas de Graciela que me hacen llorar cada tanto,
la "peluqueada" de Didy y su bendición,
los churros de Lucas en Usaquén
y el cigarrillo de Marián cuando queremos un poco de silencio (aunque hablemos).
Tatiana y su paciencia para explicarme una y otra vez,
la máquina de café y la leche bien cremada,
el Parkway al atardecer,
la oveja tejida que vela mis sueños.
La presencia de mi familia en la distancia
que me recuerda de donde soy
y adonde puedo llegar.
Mis pies,
mi fuerza
y ese impulso de no rendirme.
Vine sin nada, y a veces, lo tengo todo.
La vida es un regalo
y los amigos son otro regalo que te atiborran de ellos para llenarte el corazón.