Es la historia de Don Fortunato, tenía tanto dinero que podía comprar todo menos su salud, ya que la lamentablemente lo aquejaba una terrible enfermedad que día a día minaba sus fuerzas.
A pesar de que tenía varios hijos, todos se casaron y formaron su propia familia decidieron quedarse disfrutando de todos los placeres de la mansión de Don Fortunato, bueno aquel lugar parecía un campo de concentración del gentío que había.
A pesar de la inmensa compañía, hijos y hasta nietos ya grandes, Don Fortunato se sentía mas solo que la una pues sus flamantes hijos salían a trabajar pero al regresar al gran hotel 5 estrellas se dedicaban solo a sus familias y si es los nietos, se iban para la calle y no le hacían compañía a aquel extraordinario ser humano que después de darlo todo por su numerosa familia simplemente ahora lo echaban a un lado sin brindarle ningún tipo de afecto, solamente le daban la comida y la medicina siendo estos dos momentos donde el bondadoso anciano se daba cuenta que aquellas sombras para él existían y nada más esperaban el momento de que aquel roble viejo estirara la pata para caerse a dientes por lo que le tocaba a cada uno de la cuantiosa fortuna.
Solo una hija vivía en las afueras de la ciudad, en pleno campo, se acordaba de que su querido viejo existía; por eso al saber de la grave enfermedad que estaba acabando con su padre; se presentó en la hermosa mansión y le dijo:.
- Padre, se que estás enfermo y vengo a llevarte a vivir conmigo una temporada allá en el campo.
Los demás hijos y los nietos al escuchar esto y preocupados por que la gallina de los huevos de oro se iba y ahora quién les iba a mojar la mano con suculentos cheques se enfrentaron a aquella valiente hija:
- Oye Virginia, a nuestro padre no te lo vas a llevar a ninguna parte; si es cierto que está enfermo pero aquí en la Ciudad hay mas recursos para atenderlo y no en ese monte donde vives tú.
Lo que no sabía Virginia es que aquellos buitres pensaban encerrar a Don Fortunato en un Asilo donde la tristeza acabaría de consumirlo y tomando la palabra de nuevo dijo con firmeza:
-Saben como es la cosa ¡Desconsiderados! si me llevo a mi papá ; creo que cualquier lugar es mejor que vivir con Uds.
Bueno, en efecto, Virginia se llevó a su papá, y pidió unas largas vacaciones en su trabajo para dedicarse en cuerpo y alma a su querido viejo. Todas las mañanas salía y lo paseaba en el campo; Don Fortunato respiraba aquel vivificante aire de montaña y se extasiaba con aquel oasis natural y siempre acompañado por su adorable hija.
Virginia se desvivía por complacer todos los caprichos de su padre. Una vez Don Fortunato quería comer pescado y su hija tuvo que aprender a pescar como toda una experta pero su papá no se quedó sin comer su pescado.
A los días, ya Don Fortunato recuperaba fuerzas y ganas de vivir, tanto que se iba solo y caminando poco a poco hasta un río de agua cristalina cercano y se bañaba dejándose abrazar por aquel volumen líquido y resucitador y ya su hija lo esperaba con una una suculenta y vitalizadora comida.
Lo cierto del caso es que Don Fortunato ya no parecía enfermo de nada y ni gripe le daba en aquel frío de montaña.
Simplemente Don Fortunato era otro, ya no estaba enfermo y si lo había estado era con el desamor de aquellas hienas y levantando la vista hacia arriba le daba gracias a Dios por tener una hija como Virginia, ya Don Fortunato no araba en el desierto, aquella bella hija era su oasis de salvación.
Su hija decidió que su padre viviera con ella y él aceptó con gran dicha pensando que ya jamás estaría solo.
Mientras tanto, allá en la Casa Grande quedaron los CUERVOS con las ganas de sacarle los ojos a aquel amoroso,noble y bondadoso anciano.
EL AMOR CURÓ A DON FORTUNATO, SU ENFERMEDAD NO ERA FÍSICA SI NO DEL ALMA.
EL ASILO HABÍA PERDIDO UN BUEN CLIENTE .
QUIZÁS PERDIÓ SU GRAN CASA PERO GANÓ EL PARAÍSO CON EL AMOR DE VIRGINIA.