No voy a empezar diciendo que la vida fue injusta conmigo.
Sería demasiado fácil.
Tampoco voy a decir que no tuve oportunidades, que tuve mala suerte o que el mundo está hecho para que algunos ganen y otros pierdan.
Todo eso puede ser cierto.
Pero hay una verdad bastante más incómoda:
muchas veces también fui yo el responsable de estar exactamente donde estoy.
He empezado cosas y las he abandonado.
He tenido ideas y no las he llevado hasta el final.
He esperado el momento perfecto para hacer cosas que simplemente necesitaban hacerse.
He querido resultados sin tener siempre la disciplina necesaria para conseguirlos.
Y lo peor es que uno puede convertirse en un experto justificándose.
"Ahora no puedo."
"Cuando tenga más dinero."
"Cuando consiga trabajo."
"Cuando tenga una computadora."
"Cuando esté mejor."
"Cuando aparezca una oportunidad."
Y mientras uno espera ese famoso "cuando", la vida sigue pasando.
Eso es lo peligroso.
Porque fracasar una vez no te convierte en un fracasado.
Pero acostumbrarte a fracasar sin preguntarte qué estás haciendo mal puede convertir el fracaso en una forma de vida.
Durante mucho tiempo pensé que necesitaba encontrar la oportunidad que cambiara todo.
Quizás necesitaba menos oportunidades y más constancia.
Quizás necesitaba dejar de buscar una salida espectacular y empezar a construir una salida pequeña, incómoda y lenta.
No estoy escribiendo esto desde la cima.
Estoy escribiéndolo desde bastante más abajo.
Y todavía estoy intentando entender qué parte de mi situación es consecuencia de las circunstancias y qué parte es consecuencia de mis propias decisiones.
No tengo una conclusión bonita para cerrar este texto.
Tengo una pregunta.
¿Cuántas veces confundimos "no tuve suerte" con "no hice lo suficiente"?
Y una todavía más incómoda:
¿En qué parte de nuestra propia vida somos nosotros mismos el obstáculo que estamos buscando afuera?