Era su mayor posesión.
Encontró en mí una comodidad absoluta. Todas sus angustias las vaciaba aquí, en las noches, entre sueños obligados, haciéndome esclava de su presencia.
La cama con un cabezal destartalado, en madera caoba, color entre rojo violeta con salpicaduras moradas perfectamente enmohecida, se perfila como su eterno acompañante. Susurrando canciones para lograr conciliar el sueño.
En ocasiones, destilo aromas, que son imperceptibles por el tiempo, pero para muchos son nauseabundos, olores de viejos amigos, familiares y esos amores que improvisan su presencia, permaneciendo solo ratos sin conocer las verdaderas causas de la desolación.
A veces, me llenas de memorias con recuerdos lacónicos de largos viajes a las montañas donde vivían sus padres. Son las fundas las que cargan todas las introspecciones de profundas meditaciones con un falso sentimiento. Resumiendo su permanencia a cuatros paredes y la cama.
Alrededor, la luz que penetra por la pequeña ranura de la ventana, llena de formas la habitación, dibujando sombras tan vívidas que lo inerte cobra vida, como una epifanía, aunque el mayor tiempo lo pase acompañándolo en la fría cama de algún hospital.
Aquel ser, podía estirar los brazos y tocar el cielo con sus dedos, señalar cada estrella marcándolas millones de veces, como cuando lo hacía en las excursiones de la infancia a media noche.
En un breve momento de lucidez, con la mirada fija en la nada, sus labios pronunciaron una frase lapidaria
-He llegado al fin, casi sin respirar. Este ser no soporta más la inmadurez de la vida…-
Después de allí, nunca más volvió hablar. Su pulso marcó el preludio de la despedida de un cuerpo.
Ahora, es más sencillo comprender sus grandes esfuerzos por dormir. Puede llamarse locura, otros, simplemente libertad.
No fue fácil sentir el agobio apabullante de su ida, casi tanto como el peso de las opiniones del resto del mundo. Resollando de dolor, aclamaba ver las montañas nuevamente.
Pero la función terminó. Pasó a ser libre.
Al día siguiente no hicieron comentario alguno sobre lo sucedido, era como si no hubiese pasado nada, pero yo, sí sabía lo que había ocurrido. Aparte del aspecto sentimental, estaba el físico. Le dolió la cabeza, la nuca, por las miles de veces que durmió mal; pero lo peor de todo, fue el vacío que sintió.
Ahora reposo, tranquila. El cabezal aguarda para cantar nuevas canciones y la cama yace fría en espera de otra alma buscando algún refugio para consolarse.
Inerte, esperaré sin saber que harán conmigo. Ojalá sirva otra vez de compañía a quien en realidad lo necesite.
Solo Dios sabe por qué suceden estas cosas. Seguiré esperando, no hay de otra como almohada.
Siempre…