Recuerdo como si fuese ayer, cuando corrí al cajón donde guardaba los adornos de Navidad. Estaba ahí, sin desperfecto alguno. Cada animal, personaje y lo más importante esa pequeña casa.
Un establo repleto de heno y un almohadón donde colocamos, cada inicio del 25 de diciembre, al niño llamado Jesús.
Aquella mañana, me brillaron los ojos al tenerla entre las manos. Fué emocionante volverla a instala.
Llevo años con esta experiencia, una de las tantas placenteras con alto grado de espiritualidad, aunque no les niego que a estas alturas de la vida es hora de entregar esta tradición a Luisa. Ella aprenderá a revivir los momentos como los he experimentado con toda la familia.
Luisa entra al cuarto, con su cara angelical, ojos expresivos y una sonrisa que cautiva a los más duros de corazón. Se acerca. Me siento algo inquieta porque su mirada me envuelve en un manto de sensibilidades.
-Es hora de armar la pequeña casa- me dice Luisa, tiernamente.
-¡Claro, Luisa!, el cajón está aquí al lado- le muestro la caja donde se dejan entrever ciertos objetos relacionado con la Navidad. Brincando se dirige a ella y presurosa comienza a sacar las piezas.
Esa escena me genera un cúmulo de emociones entre alegría y tristeza, a sabiendas que había llegado la hora de transferir la responsabilidad que obtuve cuando tenía su edad.
-Luisa- la llamo y continúo – acércate a la cama-
La niña sin percatarse de lo que pasaría esa tarde, se lanzó a escuchar atentamente.
-Desde este momento, te regalo esta caja, para que todos los diciembre llenes de alegría tu hogar- impresionada Luisa me mira atiende a mi voz susurrante.
-Tengo años disfrutando esta tradición, pero mi momento ha llegado, ahora te sedo el compromiso, y sé que no me equivoco. Tú serás la persona que me llenarás de orgullo al ver el pesebre adornando la casa-
-¡No! - me exclama Luisa, mientras veo retroceder su rostro alegre, prosigue – No digas esas cosas, quiero ver como siempre, transformar la sala en un lindo paisaje con tu pesebre, abuela-
-Lo sé Luisa, pero así es la vida, a mis 90 años y metida en esta cama, es hora de entregar lo que ya no es para mí. Desde este momento, será tu pequeña casa-
Dificultosamente respiro profundo, dos gotas de lágrimas recorren los marcados surcos que sin querer aparecieron años atrás en mi rostro, pero están ahí, junto a las manos de Luisa limpiándolas tiernamente.
Cierro los ojos al sentir sus manos. Solo Dios sabrá hasta cuándo…