He decidido entregar mi virginidad a una mujer; a una de esas expertas en las artes amatorias; que los hipócritas llaman de la mala vida, pero que seguramente deben ser muy buenas para iniciar a los zagaletones como yo.
Don Etanilaos, dueño de la pulpería de la esquina, siempre aconseja entre chistes y bromas que al llegar a los 18 años se debe traspasar esa barrera, borrando la timidez para convertirse en hombre completo. Necesito ayuda para ello.
En la barriada, todos comentan en voz baja; como los zaguanes se llenan de novios llevándoles serenatas a las 7 de la noche a sus hermosas muchachas, sin embargo, para saciar los deseos ocultos existen otros lugares. Yo estoy dispuesto a descubrir ese entorno.
He ahorrado bastante dinero de los trabajos que hago a destajo diariamente. Cada centavo que guardo me acerca más al sueño de estar en el lecho con una mujer.
Mi historia.
Ese día cené temprano; mientras mi madre rezaba el rosario a Santa Lucía. Yo me arregle con esmero; usando jabones de olor, talco perfumado y lociones para impresionar; todo para quedar bien puesto frente a la mujer misteriosa a la que le entregaría mi inocencia.
Usé ropa dominguera con los zapatos de charol. Era casi medianoche; el empedrado estaba quieto, solo se escuchaba el sonido del lago, lleno de vida, peligros y aventuras.
Me sentí hipnotizado por el inicio de aquella aventura.
Llego al puerto. La noche le daba vida a todos los bares, que durante el día duermen para ocultarse de la moral con sus buenas costumbres. El objetivo estaba claro: llegar al lugar de Doña Encarnación, antigua meretriz que en su retiro decidió montar un prostíbulo usando su gran experiencia en satisfacer las necesidades de la pasión.
El lugar gozaba de gran reputación. Solo entraba aquel que ella decidiera. La gran demanda se debía a 5 mujeres francesas que la doña había contratado por ser experta en un arte que se supone, no se conocía mucho por estas épocas, ya que algunos lo consideraban una depravación: un buen sexo oral. Las chicas de doña Encarnación estaban a la disposición.
Así, llegue a “La maja desnuda”, pretencioso nombre para un burdel que seguramente Francisco de Goya nunca conocería. En la entrada, un fornido individuo me preguntó si tenía dinero suficiente para gastar. Con recelo, le muestro todos mis ahorros envueltos en un pañuelo de lino de mi padre. Me deja pasar, pero antes me advierte que debo mostrarme ante Doña Encarnación. Solo ella autoriza la entrada.
Cuando pasé, un fuerte olor a salitre me invadió por completo. El lugar tenía muchas habitaciones. La decoración trataba de parecer europeas con lámparas, cuadros y alfombra que no combinaba con el gran chinchorro guajirero que colgaba en la sala, donde reposaba la dueña. Me mira. Una explosión de risas inmundo aquel lugar.
Mi expresión nerviosa lo descifraba aquella señora, con unas características físicas nada elocuentes, obesa, exageradamente maquillada llena de collares, pulsera con un gran tabaco en la boca.
Allí, acostada en el chinchorro, hace una señal para que me acerque; me esfuerzo en parecer aplomado. Con confianza la doña me acaricia con dulzura, termina dándome un beso casi maternal, me dice sutilmente al oído - otro virgo que se pierde esta noche- continúa. - puedes entrar; pasa a la pieza de la lámpara roja; ahí está Madeleine; ella te atenderá-.
Así, el destino quiso que yo me hiciera hombre entre las piernas de una de esas 5 legendarias francesas expertas en convertir muchachos tímidos en ganadores.
Cuando entro a la habitación débilmente iluminada, no podía disimular mi asombro al ver a aquella mujer a quien pretendía amar. Me doblaba la edad, sus senos luchaban con la gravedad, lucia desaliñada, algo ebria, fumando y cubierta solo por unas medias con liguero muy gastados. Todas las imágenes femeninas de mi vida se vinieron de golpe a mi mente: mi madre, mi abuela, mi madrina Justina y la señorita Sansevero todas estaban ahí, mirándome con gestos inquisidor.
La ninfa francesa que yo esperaba, ahora era una mujer común, con cara de hastío que se acercaba pidiéndome que me desvistiera. Así lo hice, pero mi virilidad no reaccionaba; estaba nervioso, lo que veía no me estimulaba. Aun así, aquella mujer acostumbraba a lidiar con borrachos sintió pena de mí, realizando su mejor esfuerzo.
Me acostó en aquella cama llena de cenizas de tabaco, empezó a seducirme. Cerré los ojos, no sabia donde colocar las manos; mi hombría aun sin reaccionar. La mujer parecía no tener paciencia para continuar. Comenzó a frotarme con sus manos y a perder la serenidad indiferente que tenia hasta ese momento.
Después de varios intentos, logre concebir el acto sexual, una gran sensación me invadió; sentí que podría ser capaz; cerraba los ojos y me convencía a mi mismo de que me estaba haciendo hombre, con esta mujer a pesar de su cara de fastidio. Al poco tiempo finalice llenando a Madeleine de mi hombría, la cual, no le importaba. Ella se levantó, me pidió el dinero. Lo entregue con todo y pañuelo. Sonrió con gesto de burla y encendió otro tabaco y salio de la habitación. Quedé solo, me vestí rápidamente y salí, pero esta vez el chinchorro colgaba vacío.
Caminé sin rumbo. Llegue a la orilla del lago. Casi era el amanecer, divisaba las piraguas que llegaban llenas de plátanos y frutas. Se supone que ya no soy un muchacho. Sin embargo, espero que la vida de un hombre sea más satisfactoria y placentera que esa noche de desvelo, con una francesa que se llevó mi inocencia y me dejó simplemente su indiferencia…