Pobremente iluminado, el callejón se abre ante mis pasos. Al final de su recorrido se dejan ver los vehículos movilizándose en ambas direcciones, ante un resplandor nada convincente.
Lo angosto del sendero, hace que se convierta en algo claustrofóbico. Lo digo por mí, pues desde mi infancia, sitios como este, me asfixian. Además, el cúmulo de basura rebosado en los contenedores lo llenan de obstáculo con una cantidad de olores putrefacto inaguantable. Esto hace que retorne a mi memoria, la presencia que hace de mis sueños un nido de tela de arañas perfectamente tejido y lo peor atrapado en esas redes.
He entrado apenas unos metros y comienzo a sudar. Volteo la mirada, una y otra vez. Siento la necesidad de regresar, pero existen motivos para no hacerlo. Derrotar la fobia al llegar al otro lado.
En el recorrido me percato de una sombra que pasa, se mueve tan rápido, que mis ojos no logran definir su aspecto.
Regreso la mirada al comienzo del callejón. Certifico la distancia que ha transcurrido, por si debo salir corriendo del sitio. Esa acción me aterroriza, y sobre todo cuando vuelvo a ver, la siniestra sombra detrás de mí, se escabulle entre tobos de basuras.
Mis pasos se hacen sigilosos. No sé cuándo terminará esta pesadilla. Se escucha el silbido de mi respiración cuando el aire comienza a faltar, así como la iluminación en este escenario de paredes inmensas tratando de arroparme.
Me imaginé que la angosta vereda se convirtiera en un pasadizo aterrador.
Creo que es momento de resolver mis miedos, enfrentando a la presencia que me ha hecho de mi vida un cúmulo de ansiedades. La veo pasar por los contenedores. Me esfuerzo a caminar. Silencioso me asomo poco a poco, descubriendo lo que existe detrás.
¡Miauuuuuu!- Salta un animal cuyo maullido se avecina a centímetros de mi rostro. Asustado tal vez, por mi imprudencia; corre despavorido con un trozo de desperdicio perdiéndose en la oscuridad.
Me detengo. Tomo unos segundos mientras paso el susto. Prosigo el camino. Se repite el zigzagueo de la sombra.
-¿Qué quieres?- grito, confundiéndose mi alarido con muchas voces enloquecedoras entre murmullos y risas.
En este momento, un niño de uno seis años que, con un juguete en las manos lo observa atentamente. De pronto, levanta su rostro. Me mira con ojos idos. Sin detenerse acaricia la cabeza del pequeño muñeco. Inhala profundamente y al exhalar, suelta un alarido mientras su rostro se deforma abriendo lo que ha dejado de ser la boca.
Continúa viendo mi rostro. Ahora es cuando noto que está en una especie de trance. Camina con un complejo movimiento de piernas, cuando una se adelanta a la otra. Arrastrándolas y su equilibrio reside en lo constante de su velocidad.
La persona frente a mí, se trasforma en un ser totalmente horrible y espeluznante. Me sonríe. Se lanza a mi cara como aquel gato que en este momento lo veo tirado cerca, con la garganta cortada, más bien destrozada.
Trata de arañarme. Dice cosas en un idioma que no logro entender.
Salgo corriendo de aquel espantoso lugar. Hasta llegar al otro extremo, es un fatídico día, bajo un torrencial aguacero y mucho frío.
Miro hacia el callejón. A lo lejos, casi confundido en la oscuridad veo nuevamente al niño con su muñeco y lo peor que aún, lo escucho con su diminuta voz en mi cabeza.
En mi mente, solo se refleja su imagen. Un retrato que no es más que, mi rostro visto en un espejo años atrás. La claustrofobia me ha ganado nuevamente, por ello, no volveré a pasar por callejones como ese.
En el nombre del padre, del hijo y del espíritus santo…. Amen.