De pequeños matices está todo hecho, el todo es una reunión de pequeños matices que vamos construyendo y moldeando poco a poco.
La elaboración de una pieza musical es como crear una nueva receta de cocina, cada uno debe darle una forma personal para llegar a completar el todo. Cada ingrediente que añadimos aporta un toque íntimo que hace nuestra obra única.
La música son matemáticas, todo tiene un porqué, una estructura “preestablecida”, y dar unos pasos en ella implica y obliga a dar otros pasos, pero ¿es siempre así? Normalmente lo es dentro del mundo comercial, ya que es más fácil para nuestros oídos de asimilar y eso es algo que gusta porque aprendemos a memorizar una estructura musical y a reproducirla.
Hay quien jugando con pequeños matices logra desestructurar la estructura y nos lleva a un mundo desconocido para nuestros oídos y para el resto de nuestros sentidos. Esos “locos” matices que nos hacen viajar por lo desconocido hacia un nuevo mundo de percepciones difícilmente alcanzables.
El entrenamiento nos lleva a que el oído sea capaz de colocar cada pieza que se nos escapa en su lugar y en ese momento los matices y las matemáticas encajan, se acoplan y tienen sentido dentro de un complejo mundo de percepciones sonoras.