Cuenta la historia, que en un reino muy lejano, habitaba un rey, que hambriento de poder, decidió acudir a un hechicero, para que le diera todo el conocimiento de este mundo, pero con su reputación de ser un regente muy severo y agresivo, todos los hechiceros del reino, y de reinos aledaños se negaron, todos, excepto uno.
El gran Hechicero Saut, aceptó el reto del rey, con una pócima mágica que le daría acceso al conocimiento que el mundo había conocido por muchos años, sin embargo era altamente peligrosa, por lo que no se sabía a ciencia cierta si en realidad podía funcionar con eficacia. Sin embargo, a falta de candidatos, el rey accedió, y Saut le llevó la pócima al cabo de unos días.
El precio a pagar era alto, pero el rey sabía que si tenía todo el conocimiento, no había dinero en el mundo que importase, porque ya tenía lo más grande: El conocimiento. La mitad de la fortuna del reino, ese era el precio a pagar. El Rey se sintió ofendido, pero accedió, con la condición que pagaría, una vez confirmada su eficacia. El reino enteró se escandalizó, porque eso podría significar irse a la ruina, en tal caso de que ese delirio de su majestad no resultase bien.
Saut aceptó con cierto recelo, pero después de todo, era un botín enorme el que podía recibir.
Llegado el día, el rey tomo la poción sin vacilaciones, y al cabo de 5 minutos, ya podía recitar poemas en arameo antiguo sin dificultades, y al cabo de una hora, ya sabía el secreto de la alquimia. La pócima había dado sus frutos. Así que luego de demostrar sus capacidades, el rey ordenó al hechicero a ir al salón real por su tesoro, porque ya había corroborado la eficacia de su brebaje.
Al llegar al salón, el hechicero fue emboscado por la guardia real, y ante de que pudiera darse cuenta, una espada le atravesaba por la espalda. Segundos más tarde, el rey se sentó junto a su cuerpo y le dijo que era un peligro que un hechicero con acceso a tal brebaje, pudiera seguir vivo, y más aún porque con todo el conocimiento del mundo, el rey no sabía cómo hacer esa pócima tan reveladora.
Pero un hechicero no es tonto, la verdad es que era un riesgo que quería tomar Saut, porque sabía que si algo salía mal, su vida sería puesta en juicio, así que mientras se desangraba, le dejó claro al rey una condición no señalada en su acuerdo:
“Algo que no le dije, señor regente, era que si por alguna razón, no cumplía con su parte del trato, la pócima tendría un efecto contrario. Bien se lo pude haber dicho antes, pero quizá me habría matado antes de aceptar, por lo que decidí guardar el secreto hasta este momento, en el lecho de mi muerte.
La pócima le dio los conocimientos del mundo, pero ahora se los arrebatará, incluso los que ya eran suyos, por lo que se volverá un ser ignorante, y por su egoísta accionar, ha condenado a su gente, y los llevará al caos”.
Dicho esto, Saut falleció, y un grito de desespero se desprendió del rey, ocasionando una jaqueca que lo dejo inconsciente hasta el otro día. Al despertar, ya no era ni el genio que llegó a ser bebiendo la pócima, ni el regente que era antes de hacerlo, era alguien totalmente distinto.
Ya no sabía leer ni escribir, y se había vuelto más agresivo, paranoico y desconfiado. Mandó a eliminar a todos los hechiceros del reino, sus familiares, y a quienes estaban vinculados con ellos. Prácticamente prohibió la hechicería, dejando así un legado de años, donde se aceptaba tal oficio.
Comenzó una absurda cacería de hechiceros inexistentes, en aras de la venganza. Si veía una mujer en el pueblo que le gustaba, le exigía ir al reino, y si esta se negaba, mataba a su familia. Si era casada, lo primero que hacían era enjuiciar al esposo por crímenes de guerra contra el reino. Eso hizo que las mujeres comenzaran a salir desarregladas por temor a que el rey se fijara en ellas; sin embargo, quemó a un par acusándolas de brujas.
Su incansable sed de sangre, hizo que el pueblo cayera en una crisis sin precedentes, llena de problemas económicos y de salud, ya que era tanta la gente que mataba, que los cadáveres yacían en las calles, contaminando el agua de los aldeanos.
Se terminó su fortuna al cabo de 2 años, así que para apaciguar la crisis, incrementó los impuestos, haciendo más miserable al pueblo. Todo un martirio que estaba por terminar.
Algunos miembros del consejo real, y todos los aldeanos conspiraron en su contra, y una noche, la más oscura de todas, decidieron emboscar al rey en su castillo, y allí, ocasionar un gran incendio. Rompieron toda conexión y trabaron todas las puertas del castillo, para que nadie pudiera salir. Muchos guardias habían abandonado el lugar junto al personal de servicio mientras el rey dormía.
Cuando las llamas ya se comenzaban a consumir el castillo, el rey despertó. Estaba solo, Se dice que sus gritos de desesperación eran tan grandes, que muchos creían que había conocido al diablo en ese instante.
Al saberse derrotado, el rey se vistió, se colocó su corona, y se sentó en el trono, esperando su final. Y allí se calcinó, allí en su castillo. Todo el castillo y lo que había dentro de él, incluyendo al rey, se había hecho cenizas, excepto por su particular corona de oro, que curiosamente se mantuvo intacta. Todo se había quemado menos la corona. La corona de la ignorancia.