Muchos años atrás, donde no existía nada relacionado con la tecnología que hoy usamos, los individuos ingeniaban formas sin igual de entender el mundo, y a su vez el tiempo. ¿Pero cómo entender algo que no vez, pero que si sientes como pasa? Y es por ello que en un tiempo tan remoto como la vida misma, nacieron los relojes de sol.
Existían por todas partes, es lo hermoso del conocimiento, se expande sin distinciones, y está disponible para todos aquellos que lo deseen, siempre y cuando tengan el deseo de recibirlo. Los relojes de sol eran muy utilizados y populares, y en un pueblo en espacial, cuyo nombre ya no quiero ni recordarlo, había uno muy especial.
Una majestuosa pieza con incrustaciones de piedras preciosas, con una inconfundible base de oro, hecho a la medida y altura del pueblo que lo poseía. Todo lo ostentoso de aquella brillante pieza, era el reflejo de aquella población que presumía orgullosa su obra, porque también tenía una función muy útil, para seguir avanzando dentro de su sociedad. “Un deleite para los ojos, que demostraría que somos los favoritos de los dioses”, así se refería el supremo líder a su maravillosa idea.
Se sabe que para tan genial obra, se tardaron unos 6 meses, tiempo necesario para perfeccionar sus detalles, y así poder colocarlo en el centro del pueblo, donde pudiera ser usado y admirado, porque a fin de cuentas, sí que tenía una utilidad.
Pero no todo era miel sobre hojuelas, ya que había opiniones divididas al respecto. Un sector importante del pueblo no aprobaba aquel majestuoso reloj porque hacerlo tan lujoso resultaba innecesario, y que a fin de cuentas, hacer uno de piedra más sencillo, cumpliría la misma función, y sería más barato, ya que a parte del alto costo de fabricación, era un reloj que debía ser custodiado día y noche, en caso de que algún bribón quisiera hacerse de las joyas que lo formaban, y eso, por increíble que parezca, aumentó los impuestos a pagar de todos los ciudadanos en general.
Un pueblo dividido a la mitad. Así se encontraban. Mientras la clase alta disfrutaba de lo que el reloj del sol significaba, el sector menos favorecido se encontraba preocupado por pagar un impuesto que dañaba su ya paupérrima economía. Hay quienes se excusaban diciendo que el reloj llevaba turistas al lugar, y eso beneficiaba a todos, pero ciertamente, con una gran afluencia de turistas, la zona más pobre del pueblo quedaba sepultada en el olvido, porque toda la atención se la llevaba el centro de la ciudad, donde estaba el reloj, y casualmente, la localidad más pudiente.
El pregonero del pueblo se dedicaba a decir verdades a medias, donde hacía hincapié en el hecho de que dicho reloj, era el mejor que existía, y que su precisión no se comparaba con nada, ya que debido a su perfecto y prolijo diseño, su exactitud era incuestionable.
En la zona pobre de la ciudad, seguían viviendo al día a día, porque un reloj de sol, era más importante que ellos, por lo que decidieron hacer lo impensable: Deshacerse del reloj. El cómo hacerlo y el peligro que suponía era obvio, pero ya no soportaban ver como seguían viviendo a cuestas, por un artefacto como ese.
Hubo una noche, que aprovecharon el cambio de turno de la guardia, para lograr la proeza de robarse aquel reloj, no sin antes destrozar aquel reloj de oro, y robarse sus partes, no sin antes dejar un reloj hecho de piedra del más baja calidad, pero que al igual que el reloj de sol de oro, cumplía su función sin problemas.
Las piezas de aquel reloj de oro se repartieron en la zona pobre, pero lo que no sabían era lo que se aproximaba.
Junto al reloj de piedra, dejaron una anota que decía lo siguiente:
“No es de oro, ni ostentoso, pero cumple con su función. Es más barato, y no atenta con las economías más vulnerables. El símbolo de su avaricia, finalmente ha sido desterrado.”
La ira que ocasionó tal acto fue sin precedentes. Al día siguiente, el supremo líder del pueblo comenzó una brutal persecución. Fueron directamente a la zona baja del pueblo, y todo aquel que era capturado, con una pieza de oro, era encarcelado y torturado, sin importar si eran hombres o mujeres. Si algún niño se encontraba con una pieza de oro, sus padres asumían las consecuencias.
Fueron días de brutal represión para hallar un culpable que nunca apareció. Todo mientras ignoraban el hecho de que en el centro, aquel feo reloj de piedra, seguía marcando la hora tan precisa, como aquel otro de oro, que ya más bien se manchaba de rojo sangre, desde el momento en el que desapareció.
No se consiguió nunca al responsable, pero si se perdieron vidas inocentes. La obsesión por el reloj del sol, nubló el pensamiento de todos, desde los que lo aceptaron, hasta los que lo odiaron. Para castigar a los responsables, se decidió volver a construir un reloj de sol, hecho de oro, pero más imponente que el anterior, y los impuestos aumentarían el doble, para aquellos que se opusieron la vez anterior.
Se cuenta que el día que se colocó el reloj, exactamente a las 12 del mediodía, un poderoso terremoto acabó con la ciudad, y aquel reloj de oro quedaría perdido entre las ruinas, sin nadie que lo reclamase. La leyenda dice que fue la ira de los dioses, sobre todo del dios Helios, quien acabó con el pueblo, al ver que su supremo líder había llevado a cabo una masacre, por un artefacto tan simple.
Otros dicen que solo fue un desafortunado evento, y algunos más escépticos aseguran que fue una maldición hecha por la zona más pobre, al ver que el ego del supremo líder, apartaba y eliminaba a los inocentes.
Lo más curioso del caso fue que, siglos después, se consiguieron restos de oro esparcidos en unas ruinas, y mucho más adentro, en perfectas condiciones, un reloj de sol hecho de piedra, que funcionaba perfectamente, luego de tanto tiempo.