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Presa de caza

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6y


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Quiso venirse así, jadeante, su torso inclinado sobre la baranda del balcón, como oponiendo la perfección de su cuerpo al manto luminoso de la ciudad. Estuvo jugando con el miembro dormido de él, este reaccionaba, incorporándose, queriéndola sujetar por los brazos y ella huía por la sala, era parte del juego, daba una zancada sobre la mesa baja de vidrio y terminaba refugiándose en el balcón, ofreciéndosele de espaldas.

Hasta allí la perseguía, mordiéndole los hombros mientras la encajaba por detrás y ella se dejó ir en esa marea quieta, como resistiéndose pero a la vez queriendo, ofreciéndole la textura firme y porosa de sus nalgas para que él la penetrara con empujones leves, sincopados.

Hasta que él como el potro bravío que llegaba a la meta, tras minutos de intensidad y carrera terminaba su faena, dejándola exhausta, viendo la ciudad humeante, desnuda, con los pechos al aire, asomada a la baranda del balcón, con sus manos aferradas a esta para no caerse.

Él, repuesto del ejercicio, tomando sus manos entre las suyas la lleva cargada hasta la sala, ella va como ida, silenciosa, mirando el cielorraso. Quisiera estar más cerca de ella, ser parte de un sentimiento que parece flotar pero intuye que no puede ir más allá de su cuerpo.

La lame, la muerde, la goza, la penetra y ella participa, sin duda y hasta se hace cómplice, pero siempre desde un más allá que la vuelve objeto, presa de caza.

En ocasiones ella recuperaba del sueño alguna imagen marina, llevaba sus manos al cabello de él y creyendo que eran las algas del sueño, le restregaba la cara contra el erizo para que comiera y se hiriera con las púas.

Se venía con una onda de longitud mayor y gritaba transformando el orgasmo en una explosión que estremecía las ventanas.

Era todo fuego y pasión pero no deseaba ataduras y cuando terminaron las vacaciones se fue y no la vio más, ni siquiera un mail o una llamada. Desapareció como un fantasma.