Andrés, con mucho sigilo había hecho llegar una nota a Rosmery, la hermana menor de Camilo, su mejor amigo. Él decidió pasar la noche de año nuevo en casa de ellos y no pensaba pasar por alto la oportunidad.
El papel contenía unas instrucciones para que ella las siguiera al pie de la letra. Luego del acostumbrado y efusivo abrazo y de vaciar varias botellas de whisky, la familia en pleno decidió acostarse en sus respectivas habitaciones.
Camilo desempolvó una colchoneta y la colocó en el piso de la sala para que Andrés durmiera en ella. A las 2 am apagaban las luces y apenas se escuchaba la música de las casas vecinas que habían continuado la fiesta.
2:30 am, se sentían algunos ronquidos y los ladridos del perro que, atemorizado aún por los fuegos artificiales no encontraba descanso.
3:00 am, Andrés comenzaba a moverse como un gato en dirección a la habitación de Rosmery. De aquí en adelante esperaba que su flujograma se cumpliera desde el inicio hasta el final: la puerta estaba entreabierta, logró entrar con mucho sigilo, cuando ella sintió el roce de unos dedos en los talones, se sentó en su cama y abrió sus piernas cual tijera que está al rojo vivo, por debajo de su traje de dormir entraba una cabeza hasta chocar con su pubis.
Había tomado las previsiones del papel: Esperaría una hora luego de apagadas las luces, se daría una ducha refrescante, se colocaría una bata de dormir sin panty y esperaría la llegada de Andrés para experimentar una infinidad de sensaciones que él le había prometido hacerle sentir. Su lengua recorría todos los espacios externos de su sexo depilado, nutriéndose con el flujo que emanaba sin cesar.
La nota también decía: intenta en lo posible no hacer ruido, introduce un trapo en tu boca, la cama rechina y no podremos hacer movimientos bruscos en ella. Sus manos acariciaban el cabello que se escondía tras la tela de su suave ropaje de dormir mientras la lengua se introducía por espacios cada vez más ocultos.
Ella respiraba agitada, sentía la dureza de sus pezones y una marcada ansiedad por sentirse penetrada pero a sus dieciséis años no se creía segura de perder su virginidad. Andrés, de dieciocho, le prometió que le haría vivir una experiencia sin igual sin violentar su dignidad, motivo por el cual ella aceptó la propuesta.
Él le indicaba con una palmada el siguiente paso, darse vuelta para volver a introducir su cabeza bajo su bata. Ahora la lengua, aquel músculo poderoso, recorría su ano, los pliegues rosados y silvestres.
Rosmery apretaba con más fuerza la almohada, mordiéndola y atragantando un grito ensordecedor. Sentía como estaba siendo dominada por el placer de las caricias en su zona rectal, hasta allá había llegado él con su lengua filosa.
Dominada por un poder sobrenatural y fuera de sí, Rosmery se levanta, tomaba el pene de Andrés y lo llevaba a lo más profundo de su ano hasta perder el control