Al final del séptima calle se erigía una tienda con un portón enorme el cual estaba abierto, al entrar se apreciaba la enorme profundidad del establecimiento, el cual estaba ornamentado en sus al rededores con vitrinas y escaparates llenos de hierbas, comidas para animales, césped, platos, ropas y todo tipo de juguetes; había personas a los al rededores que no hablaban con nadie y que sólo se limitaban a mirar ya sea a los artículos como a los seres feericos dentro de las jaulas y peceras; estaban los ratones de fuego, las salamandras de fuego; en una jaula se encontraba un imponente búho de las nieves con una profunda tristeza que se transformaba en sufrimiento; su vecino, un cuervo de tres patas sufría del mismo padecimiento. Los precios de las aves eran los más cuantiosos. Adelante había un amplio corral masivo aún manchado de heces y de orina; al lado contrario estaba el mostrador y detrás un hombre encorvado y con el rostro enflaquecido mirando con los ojos abiertos platos.
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—Buenas tardes, ¿cómo puedo ayudarlos?—Saludó amablemente; su voz era profunda y no mostraba signos de cansancio al contrario de su cuerpo decrepito, además, daba la sensación de que cubría a todo el local; no podía calcularse su edad tampoco. Landert lo miró y tragó saliva, daba nerviosismo mirarlo; estableció contacto visual con él pero no pudo mirar nada. Esto sólo hizo que se sintiera más nervioso pero tuvo que seguir adelante.
—Buenas tardes—respondió sin titubear. —¿Es usted el encargado de la tienda?—El hombre miró sonriente. Katherine ya lo había visto pero se seguía sintiendo asombrada con su apariencia. El hombre sonrió y no gestionó un sólo músculo y entonces habló
—Sí, soy yo. Mi nombre es Lemour Castle—dijo con el mismo tono con el que saludó inicialmente.
—¡Deseamos comprar un animal!—Interpuso Katherine. Lamour levantó las manos mostrando unos huesudos dedos que puso sobre el mostrador.
—¿Y cuál va a ser?
—No estamos interesados en ninguno de los que hay aquí ahora—dijo Landert.
—Los linces no llegarán hasta dentro de un mes. No los separamos de sus madres hasta que no abren sus ojos.
—¡Tampoco queremos un lince!—interpuso Katherine nuevamente. El hombre esbozó una sonrisa.
—¿Entonces qué puedo hacer por ustedes?
—Deseamos algo más—dijo Landert en voz baja pero audible, su nerviosismo no disminuía porque seguía sin ver nada en los ojos de Lemour.—Escuchamos que uno de sus clientes compró una criatura de categoría tres. Nosotros queremos una.
—A partir de las trescientas un moneda de oro, señor—respondió. Su tono era inalterable. —Sin embargo, nuestro catalogo es reducido—bajó un momento y sacó un viejo libro de tapa de cuero, no estaba sucio y sus páginas no correspondían con la edad de la tapa. —Sólo tenemos estos cinco de aquí—Señaló con sus huesudos dedos entregando el libro a Katherine y a Landert.
—¿Qué se llevó su cliente anterior?—Preguntó Katherine.
—Me temo que es confidencial.
—¿Y cuánto tiempo tomaría en llegar por ejemplo este… Jabberwock—era el espécimen más caro, ochocientas monedas de oro.
—Ahora mismo tenemos un problema con nuestro equipo, pero si a Jabberwock quieren, en los próximos seis debería llegar—Katherine miró al libro «Reaper, Humpty Dumpty, Shadowcat, Dollbird, Jabberwock».
—Queremos a Jabberwock—dijo Landert.
—Muy bien. Voy a necesitar la mitad adelantada, también su dirección y número telefónico.
—¿No es posible que acepte el treinta?—Dijo Landert.
—No regateamos. Nuestros métodos son inalterables, señor.
—Si ese es el caso, me lo pensaré—respondió Landert.
—Como desee señor. Espero verlo pronto, porque entre más se demore, más tardará en llegar su Jabberwock.
Katherine y Landert hicieron ademán de despedida, se dieron la vuelta y regresaron sintiendo como si aquel extraño hombre los estuviera observando tras cada paso que daban hasta la salida del establecimiento que fue cuando esa sensación se disipó como una nube negra barrida por el viento.
Coddins los esperaba más adelante; la séptima calle estaba casi despejada de personas. Los bombillos comenzaron a titilar. Un sujeto encapuchado caminaba en dirección hacia Coddins y en un momento desvió su mirada hacia Landert; lo miró a los ojos. Landert se alteró y gritó a Coddins: «¡Cuidado con ese sujeto!» El hombre se precipitó y sacó un revólver el cual apuntó a la cabeza de Coddins quien no había reaccionado a la advertencia; se escuchó el disparo del arma y el crujir el cráneo de Coddins quien cayó al suelo sobre un charco de su propia sangre y sesos. Katherine salió disparada como una bala de cañón en dirección hacia el sujeto, era la única opción, no había dónde tomar cobertura; el sujeto apuntó y ella se movió en zigzags, sacó su cuchillo y lo lanzó clavándolo en la nariz del sujeto el cual cayó desplomado a pocos metros de Coddins. Landert salió corriendo detrás de ella indicándole que debían correr hasta la sexta calle para escabullirse entre el bullicio. «Se supone que dejé a Zack y a Dan vigilando en la sexta calle; Verónica debería de estar con ellos» pensaba Landert en voz alta mientras corrían hacia la sexta calle cuando súbitamente otra figura apareció delante de ellos destapando una botella y rociando un líquido rojo sobre ellos; afortunadamente se percataron de esta acción y pudieron driblarlo sin poder evitar algunas salpicaduras en sus pieles y ropas. «¡Es sangre!» Dijo Landert. «Es la banda del desierto. Nos están queriendo cazar como animales. Creo que hemos llamado demasiado su atención» dijo Katherine. Cuando llegaron hasta la sexta calle se veía la consternación del gentío mirando no solamente en dirección hacia la séptima calle sino hacia la quinta. Las personas farfullaban, murmuraban, gritaban y se peleaban entre ellas mientras Landert y Katherine trataban de pasar por ellas sin poder evitar chocar en ocasiones.
—¡Joder! ¡Han matado a dos!
—¡No creo! Me parece que mataron a cinco.
—¿Por dónde?
—En dirección de una tienda de tecnología. O sino en el mercado. El gentío no me deja ver nada.
—Mierda, no fue buena idea venir hasta El Subsuelo hoy.
—Menudo espectáculo han montado estos asesinos de la banda del desierto.
Se escucharon una serie de detonaciones y el gentío comenzó a correr y a gritar; parecía una estampida, Landert y Katherine ingresaron en una tienda de música y películas piratas. La gente del interior estaban mirando con cautela hacia fuera, y los que no estaban echados en el suelo. «Mierda. Han matado a Coddins y seguramente también a Verónica, a Zack y a Dan» era lo único en que podía pensar Landert pero sólo le quedaba esconderse. «¿Desde cuándo nos estaban siguiendo y por qué?»
—¿Esto tendrá que ver con nuestra investigación?—Preguntó Katherine susurrando al oído de Landert quien miraba a los ojos de los empleados y compradores del local buscando información pero no había nada. Sentía cansancio y no podía evitar sudar.
—Puedo imaginar que han llamado su atención—dijo murmullando—Sólo puedo pensar que la banda del desierto está relacionada con el tráfico de seres feericos más que como simples clientes—dirigió su mirada hacia a fuera; la calle se estaba vaciando de personas que huían hacia la quinta y séptima; el local donde debían estar los demás señores de las espinas estaba muy cerca. —Salgamos—ordenó y salieron sigilosamente camuflándose entre las personas hasta que pudieron llegar veinte metros en dirección hacia la quinta al local donde estaban los cuerpos tiroteados de Zack y Dan.