Nuestras intelecciones supremas parecen necesariamente -¡y deben parecer!- tonterías y, en determinadas circunstancias, crímenes, cuando legan indebidamente a oídos de quienes no están hechos ni predestinados para ellas. Lo exotérico y lo esotérico, distinción ésta que se hacía antiguamente entre los filósofos, tanto entre los indios como entre los griegos, persas y musulmanes, en suma , en todos los sitios donde se creía en un orden jerárquico y no en la igualdad y en los derechos iguales, - no se diferencian entre sí tanto porque el exotérico se encuentra fuera y sea donde fuera, no desde dentro, desde donde él ve, aprecia, mide y juzga las cosas: lo más esencial es que él ve las cosas de abajo arriba, - ¡el esotérico, en cambio, de arriba abajo! Hay alturas dela alma que hacen que, vistas desde ellas, hasta la tragedia deje de producir un efecto trágico; y si se concentrase en unidad todo el dolor del mundo, ¿a quién le sería lícito atreverse si su aspecto induciría y forzará necesariamente a la compasión y, de este modo, a una duplicación del dolor?… Lo que sirve de alimento o de tónico a una especie superior de hombres tiene que ser casi un veneno para una especie muy diferente de aquella o inferior. Las virtudes del hombre vulgar significarían tal vez vicios y debilidades de un filósofo; sería posible que un hombre de ato linaje, sólo en el supuesto que llegase a degenerar y sucumbir, adquiriese propiedades por razón de las cuales fuese necesario venerarlo desde ese momento como santo en el mundo inferior a que había descendido. Hay libros que tienen un valor inverso para el alma y para la salud, según que se sirvan de ellos el alma inferior, la fuerza vital inferior, o el alma superior y más poderosa: en el primer caso son libros peligrosos, corrosivos, disolventes, en el segundo, llamadas de heraldo que invitan a los más valientes, a mostrar su valentía. Los libros para todos son siempre libros que huelen mal: el olor de las gentes pequeñas se adhiere a ellos. En los lugares donde el pueblo come y bebe, e incluso donde rinde veneración, suele heder. No debemos entrar en iglesias si queremos respirar aire puro.
Friedrich Nietzsche, Más allá del bien y del mal, Alianza Editorial, 1983.