Tengo una relación bastante ambigua con Byung-Chul Han. Me interesa mucho cuando consigue ponerle palabras a ciertas incomodidades contemporáneas que todos reconocemos y que, sin embargo, cuesta formular con precisión. También me irrita cuando su diagnóstico parece llegar demasiado rápido a una conclusión que ya estaba esperando al otro lado de la página. Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia pertenece exactamente a esa zona incómoda. Es un ensayo breve, concentrado y bastante elegante en su planteamiento, dedicado a pensar qué ocurre con la política cuando la circulación de información adquiere una velocidad y una lógica que la democracia tradicional difícilmente puede procesar. Han observa bots, trolls, propaganda, redes sociales, psicometría, personalización algorítmica y una esfera pública cada vez más fragmentada, y los conecta con una transformación mucho más profunda del ejercicio del poder. Hasta ahí, el libro resulta tremendamente estimulante. El problema aparece cuando Han parece confiar demasiado en la capacidad explicativa de su propio marco.
Lo que más me interesa de Infocracia es precisamente la manera en que Han entiende el poder contemporáneo. Su argumento parte de una idea incómoda: la dominación digital funciona mediante nuestra propia participación. Entregamos datos, producimos contenido, reaccionamos, compartimos, opinamos y convertimos nuestras preferencias en información constantemente utilizable. La vigilancia dejó de parecer exclusivamente una imposición externa porque también aparece incorporada a nuestras prácticas cotidianas. Esa observación me parece especialmente potente porque permite pensar las redes sociales más allá del debate bastante agotado entre “tecnología buena” y “tecnología mala”. Han está interesado en algo mucho más inquietante: qué clase de sujeto produce una sociedad organizada alrededor de la exposición permanente, la optimización y la reacción inmediata. Su lectura tiene además una clara sensibilidad de teoría crítica, con una sospecha bastante evidente hacia el neoliberalismo y la economía de plataformas. Y sí, esa posición ideológica está presente. A veces demasiado presente.
Mi principal problema con el libro aparece cuando el diagnóstico comienza a comportarse como explicación total. Han tiene una tendencia muy reconocible a encontrar una estructura dominante y después leer una enorme cantidad de fenómenos contemporáneos a través de ella. Es intelectualmente atractivo porque produce conceptos memorables y una sensación de coherencia inmediata. También puede resultar peligrosamente cómodo. La democracia digital, la polarización, la desinformación, los influencers, las teorías conspirativas y la pérdida de deliberación pública tienen causas, responsables, contextos históricos y comportamientos sociales muy diferentes. Agruparlos bajo la lógica de la “infocracia” permite observar conexiones interesantes, pero también puede borrar diferencias que importan. Ahí siento que Han se vuelve demasiado determinista. Hay una cierta fatalidad en su lectura que me convence menos cuanto más avanza el ensayo. El lector termina entendiendo bastante bien por qué Han está preocupado, pero considerablemente menos qué posibilidades concretas quedan abiertas después de aceptar su diagnóstico.
También creo que la brevedad juega a favor y en contra del libro. A favor, porque Han escribe con una economía extraordinaria y consigue desarrollar una tesis reconocible sin convertirla en un tratado interminable. En contra, porque muchas afirmaciones quedan suspendidas en un nivel demasiado general. Para alguien que ya conoce a Habermas, Arendt, Foucault, la teoría crítica o las discusiones sobre capitalismo digital, Infocracia puede funcionar como una síntesis inteligente y estimulante. Para alguien que llega completamente virgen al tema, puede producir una impresión de profundidad mayor que la profundidad argumentativa efectiva del texto. Y aquí está probablemente mi mayor reserva: Han es extraordinariamente bueno construyendo frases y conceptos que parecen cerrar una discusión. A veces quisiera que hiciera exactamente lo contrario y permaneciera más tiempo dentro de ella. Su escritura tiene esa cualidad peligrosa de hacer que una intuición parezca demostrada simplemente porque ha sido formulada con precisión.
Aun con todas esas reservas, Infocracia me parece un libro que merece ser leído, precisamente porque permite discutirlo. No salí de sus páginas convencida de que Han haya explicado la crisis contemporánea de la democracia; salí pensando que había señalado algunas de sus zonas más incómodas. Para mí, esa diferencia importa. Su visión está condicionada por una tradición política e intelectual concreta y, en determinados momentos, esa perspectiva estrecha el campo de análisis. Pero también le proporciona una capacidad crítica que muchos análisis contemporáneos sobre tecnología han perdido entre estadísticas, entusiasmo empresarial y fascinación por la innovación. Han mira la digitalización desde el poder, la subjetividad y la política, y ahí sigue siendo bastante incisivo. Quizá Infocracia no sea el libro definitivo sobre nuestra relación con la información, ni pretende realmente resolver aquello que diagnostica. Es algo más modesto y, por eso mismo, útil: una provocación filosófica bastante bien escrita que deja al lector con una pregunta difícil de ignorar después de cerrar el libro: cuánto de nuestra vida política seguimos decidiendo nosotros cuando prácticamente todo aquello que pensamos, compartimos y deseamos puede convertirse en información.