En el primer intento,
en el primer latido, dos pájaros resbalan
por los dedos de un dios sensitivo y navegable.
Incendian el pentagrama de revelaciones.
Notas de olor a raíces negras.
Siete florecido desde el centro del firmamento
hasta las costuras tribales del ensueño.
Un círculo de cuerdas pretende la palabra,
ensaya el estallido del alma primigenia.
Esferas que resuenan preñadas de calor.
Cadencia iluminada en mágicos destellos,
retablo de sonidos anclados en conjuros,
intimidad que viene gritando desde el norte
la llamarada interna de nuestro corazón.
Las manos palpan el sol que va naciendo,
improvisan las horas, el paso de los ríos.
Preludio rítmico de ceremonia intrínseca,
tótem sonoro de rostro atemporal.
En intervalos cónicos respira ya la tierra,
percusiones de luces pretenden lo imposible.
Los últimos profetas cobran vida,
regresan de la muerte
impredecibles.
El jazz engendra imágenes eternas,
los filamentos lúcidos del tacto pronunciado
en cuatro códigos de urgentes atavismos.
Místico incienso fundado en el dolor.
Virtuosos los que sueñan
porque de ellos es el mundo de lo cierto.
(Kuitláuak Macías)
Fotos: Herman Leonard