Se acerca el día del amor, el de ese amor verdadero, el que se siente todos los días y se renueva a cada instante con una mirada y el roce de la piel. Es ese aroma que nos recuerda a la persona amada.
Es ese viaje que iniciamos en la vida y no sabemos al lado de quien terminaremos.
Es el despertar cada mañana con alguien o sin alguien al lado.
Una montaña rusa de emociones se aproxima, no importa el saber quien creo el instante para celebrar en un día lo que el amor hace a través de los años.
Pero la realidad es que el amor se acaba lentamente, parece ponerse cada vez más pequeño en la fogata de la vida, hasta que le lanzas nuevos leños: para hacerlo crecer, sino te quedas dormido y lo hará otro. Terminaras barriendo solo las cenizas.
Son esas oportunidades que nos da la vida para entender que necesitas del alimento amor cada mañana.
Sales a mirar la mañana a través de la taza del café y te enamoras del cielo hermoso que vez. No pareces necesitar nada más para afrontar tu día.
El amor se acaba con las malas intenciones de otros, pero es una realidad somos nosotros los que los mantenemos navegando. Tenemos las paletas que navegan el barco.
Pero hay un amor que nunca se acaba y estoy segura que todos estarán de acuerdo que es ese amor de madre. Es insobornable, no permite cambios, ni disminuciones y mucho menos devoluciones.
¿Entonces cuál es ese amor que se acaba?
El que nos deja a solas para afrontar ese amanecer cada mañana. Allí en la soledad de la naturaleza lo damos todo por vivir dentro del amor posible.