La pequeña expedición del escultor casi llegaba a su fin. Los jóvenes modelos no podían esperar para ver el resultado de la obra. El paisaje comenzaba a pasar del otoñal color ocre a los monocromáticos grises del invierno.
—Si el clima sigue cambiando lo mejor será guarecernos en algún lado. Hay una historia horrible sobre estos parajes —comentó la joven casi en susurro.
—¿Crees en esas cosas? —preguntó el novio tomándole el rostro entre sus manos. Ella sonrió—. Yo estoy a tu lado. Nada debes temer, amor.
El artista se mordió los labios y cambió el rostro a otro lado. Conocedor del destino, el corazón se le encogió en el pecho.
—Es por aquí —señaló el artista.
Frente al trío, se podía ver una senda de aspecto lúgubre. Un viento gélido los arropó y un siseo extraño llegó a sus oídos.
—¿Está seguro? —Preguntó el chico con recelo. El otro sólo asintió.
La chica apretó el bíceps de su novio y este le sonrió para calmarla. «Después de esto estaremos siempre juntos».
—¿Lo prometes? —preguntó ella. La respuesta vino del artista: se los prometo, les dijo...
Los dos novios le vieron a los ojos, confundidos. El artista desvió la mirada y les instó a seguir adelante. Luego de media hora, llegaron a un hermoso jardín repleto de hermosas y brillantes flores que cubrían a cientos de estatuas.
«Ya hemos llegado» dijo el hombre en un tono de voz bastante alto, como si quisiera informar a todas las estatuas del lugar que ya estaba de regreso.
—¿Cómo funciona esto? —preguntó el chico ya nervioso. El artista les mostró un banco repleto de siemprevivas. Y los dos amantes se sentaron muy juntos.
—Esto será rápido —dijo el hombre y procedió a vendarse los ojos.
Los dos amantes, abrazados, no entendieron nada. En un rápido ojeo a las estatuas cercanas, los rasgos que vieron les causaron escalofríos.
—Estamos listo —gritó el artista y el extraño siseo volvió a oírse con mayor fuerza. Tras los rosales del fondo, vestida de seda, Medusa hizo su entrada.