Saga Pessoa (1/7): "Todas las cartas de amor son ridículas" — Álvaro de Campos

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Buenas noches, querida comunidad de Literatos.

Hoy arranco algo que vengo madurando desde hace días. Como algunos ya saben, hace poco publiqué un texto sobre Fernando Pessoa y sus heterónimos, y la conversación que se armó en los comentarios me dejó pensando. Tanto, que decidí embarcarme en una saga. Durante los próximos días voy a compartir con ustedes algunos de los poemas más emblemáticos de este portugués que se inventó una nación dentro de su cabeza.

Y no podía empezar de otra manera. Tenía que ser con Álvaro de Campos. El ingeniero. El futurista. El que escribe como si tuviera prisa por decirlo todo antes de que se le acabe el tiempo.

Este poema es, quizás, uno de los más conocidos de Pessoa. Y sin embargo, cada vez que lo leo me sigue moviendo algo por dentro. Porque parece un chiste, parece una burla, pero debajo hay una tristeza que no se disimula. Es como cuando alguien se ríe de sí mismo para que no duela tanto.

Ahí va:


Todas las cartas de amor son ridículas

Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fueran
ridículas.
También escribí en mis tiempos cartas de amor,
ridículas.
Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.
Pero, al final,
sólo las criaturas que nunca escribieron
cartas de amor
son las que son,
ridículas.

La verdad es que hay
en mis memorias
de esas cartas de amor
que son
ridículas.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos, son realmente
ridículas).

— Álvaro de Campos


¿Ven lo que les digo? El tipo empieza burlándose de las cartas de amor, se incluye en la burla, y termina dándole la vuelta a todo. Porque al final, los verdaderos ridículos son los que nunca se atrevieron a escribir una. Los que nunca se expusieron. Los que se quedaron con las ganas.

Y ese último verso entre paréntesis es puro Pessoa. Esa mezcla de ironía y ternura, de inteligencia y vulnerabilidad. Esdrújulas. Como los sentimientos esdrújulos. Como si amar fuera una palabra que se acentúa en la antepenúltima sílaba, siempre un poco incómoda, siempre un poco fuera de lugar.

Yo confieso que he escrito cartas de amor. Ridículas, por supuesto. Y no me arrepiento. Creo que hay algo valiente en hacer el ridículo por amor. En dejar constancia escrita de que uno sintió algo, aunque después se ría de sí mismo.

Álvaro de Campos es el heterónimo más intenso de Pessoa. El más moderno. El que grita. El que se desespera. El que escribe versos larguísimos porque siente que las palabras se le quedan cortas. Y este poema, aunque parezca ligero, es una muestra perfecta de su voz. Una voz que se ríe para no llorar. O que llora mientras se ríe, que a veces es lo mismo.

Mañana seguimos con otro poema. No adelanto de quién, para mantener el misterio. Pero les aseguro que la saga va a tener de todo: serenidad, furia, melancolía y esa extrañeza tan portuguesa que Pessoa cultivó como nadie.

Los invito a dejar sus impresiones en los comentarios. ¿Alguna vez escribieron una carta de amor? ¿La enviaron? ¿Se arrepienten? ¿O creen, como Campos, que hay algo ridículo y hermoso en todo esto?

Un abrazo a todos y gracias por acompañarme en esta travesía.

All Love Letters Are Ridiculous

All love letters are
ridiculous.
They wouldn't be love letters if they weren't
ridiculous.
I also wrote love letters in my time,
ridiculous.
Love letters, if there is love,
have to be
ridiculous.
But, after all,
only the creatures who never wrote
love letters
are the ones who are,
ridiculous.

The truth is that there are
in my memories
of those love letters
that are
ridiculous.

(All proparoxytone words,
like proparoxytone feelings, are really
ridiculous).

— Álvaro de Campos


Do you see what I mean? The man starts by mocking love letters, includes himself in the mockery, and ends up turning everything upside down. Because in the end, the truly ridiculous ones are those who never dared to write one. Those who never exposed themselves. Those who stayed with the desire.

And that last verse in parentheses is pure Pessoa. That mix of irony and tenderness, of intelligence and vulnerability. Proparoxytone. Like proparoxytone feelings. As if loving were a word accented on the antepenultimate syllable, always a little uncomfortable, always a little out of place.

I confess I have written love letters. Ridiculous ones, of course. And I don't regret it. I think there is something brave about making a fool of yourself for love. About leaving a written record that you felt something, even if later you laugh at yourself.

Álvaro de Campos is Pessoa's most intense heteronym. The most modern. The one who screams. The one who despairs. The one who writes very long verses because he feels words fall short. And this poem, though it may seem light, is a perfect example of his voice. A voice that laughs so as not to cry. Or that cries while laughing, which is sometimes the same thing.

Tomorrow we continue with another poem. I won't say whose, to keep the mystery. But I assure you the saga will have everything: serenity, fury, melancholy, and that very Portuguese strangeness that Pessoa cultivated like no one else.

I invite you to leave your impressions in the comments. Have you ever written a love letter? Did you send it? Do you regret it? Or do you believe, like Campos, that there is something ridiculous and beautiful in all of this?

A warm embrace to all, and thank you for joining me on this journey.

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