Hubo un episodio en mi vida infantil que de vez en cuando recuerdo con mis hermanos y nos reímos mucho, pero a decir verdad: se cometió una injusticia conmigo. Dos de mis hermanos se comieron unas cosas que mi madre había guardado en la nevera o refrigerador. Lo hicieron con cautela, sin hacer ruidos mientras los demás estábamos dormidos. Para inculparme dejaron unos de mis zapatos cerca de la heladera de modo que cuando mi madre fuera por lo que ella había dejado allí, los viera y listo: yo era el culpable. El plan de mis hermanos funcionó. Ellos estaban cerca del lugar de los hechos cuando mi madre fue al refrigerador, alegaron que "por la prisa con la que me comí las cosas, olvidé los zapatos y etc.
Por más explicaciones que dí, nadie me creyó y mi madre me dio una paliza por no respetar sus cosas. Eran tres contra uno: ellos eran la fuerza. Y mis razones no valieron de nada. Pasado el tiempo ellos confesaron la verdad y no recibí de nadie un disculpa. Solo las risas que aún ilustran esa aventura de niños.