Estimada gente de Hive: coloco en este espacio un tercer sueño, que puede terminar convirtiéndose en un cuento o no. Aunque los sueños tienen un gran poder evocador y gran capacidad para crear imágenes, siguen su propia lógica y no siempre pueden ser "domesticados" en los moldes de la narrativa.
En cualquier caso, espero que les guste.
Estoy en una cena con unos amigos: dos parejas y una niña de unos diez años. De pronto la niña señala hacia la gran ventana de la sala y todos nos acercamos a mirar. Es de noche; el paisaje lo forman altos edificios iluminados, igual al que ocupamos. Del cielo caen objetos –no es posible definirlos de otra manera– que pueden ser grandes piedras o máquinas.
Uno de estos objetos pasa rozando la ventana y arranca toda la pared sin que ninguno de los que estamos adentro sufra daño alguno. Nos asomamos al precipicio. Catorce pisos más abajo, hay un agujero enorme que se hunde en los sótanos del edificio.
Como es peligroso permanecer en el edificio, salimos del apartamento y comenzamos a bajar las escaleras. Llegamos a la planta baja, pero no detenemos nuestro descenso: atravesamos dos o tres sótanos con señales de destrucción. Paredes desmoronadas, vehículos aplastados, algunos cuerpos humanos entre escombros.
Pronto nos damos cuenta de que no estamos solos. Hay una presencia amenazante que nos busca. No podemos precisar la naturaleza de esa amenaza, pero sabemos que debemos huir. Con sigilo, nos movemos lentamente, evitando hacer ruido, escondiéndonos detrás de columnas de concreto o en pequeñas habitaciones.
Yo me quedo atrás para descubrir qué es lo que nos persigue. Y lo veo: es un niño –un bebé– sobre una máquina que tiene algo de araña y de mantis, con muchas patas rígidas y articuladas, y unos bastones o antenas que se mueven como órganos perceptivos. El centro de la máquina, sobre la que el niño parece estar sentado, es una inconcreta masa de sombras.
El bebé tiene ojos de una maldad profundad, como sacado de un cuadro de H.R. Giger.
Mis amigos se han refugiado detrás de una puerta y me apuran para que los acompañe. No hay otra salida. En ese momento escuchamos los torpes golpes de la máquina contra la madera y no sabemos cuánto podrá resistir.
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GRACIAS POR LA LECTURA. VUELVAN CUANDO QUIERAN