Estación 2

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Estimados hivers, continúo con la publicación de la serie "Estación", que, como dije en el primer post, podría leerse como una sola historia.
Agradezco a cervantes@cervantes la oportunidad de publicar en su Comunidad.


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Empujó la puerta con todo el cuerpo, el brazo derecho doblado contra el pecho. Cruzó el local hasta el fondo, cerca de la puerta que daba a los baños. Se sentó y esperó.

A su derecha había cuatro hombres ruidosos, borrachos, inofensivos; a la izquierda, un jovencito sobaba la mano de una mujer que reía silenciosamente, enseñando los dientes. Ella lo miró a los ojos, sin interés, fastidiada. La mujer volvió el rostro hacia el joven y le pasó una mano por la mejilla, riendo de nuevo en silencio.

Un camarero se acercó y él pidió una cerveza. Mientras esperaba pensó: “ Ahora estoy aquí; hay mesas, gente bebiendo, mala iluminación y un grupo de jazz; hay mesoneros y chulos, putas y policías de paisano; los baños están sucios, con un hedor antiguo; en alguna mesa alguien intenta cantar con voz desfalleciente, como la de un moribundo; se encienden cigarrillos; se eructa y se vomita; en las calles alrededor las personas caminan de prisa, temerosas, mirando a los lados, diciéndose unos a otros que las calles son peligrosas; están temerosos del vecino; los asesinos andan sueltos.”

Traen la cerveza. Los clientes entran y salen. Pasan los minutos. Consume varias cervezas más. La mujer, aprovechando la ausencia del joven, lo observa con cierto cálculo. Le pregunta: “¿Esperas a alguien?”. Tiene una voz estridente y desagradable. Él no contesta, interpone el vaso de cerveza entre los dos; a través del vidrio y el líquido ambarino, mira el rostro deformado de la mujer; los ojos ávidos, la boca blanda con la pintura de labios corrida.

El saxofonista de la banda se acerca, toma asiento y lo saluda en voz alta. Luego, en voz más baja y a una distancia que su aliento le provoca náuseas, dice: “Mario me envía. Está todo arreglado. Esa puta se merecía algo peor. No va a dejar hundir a un amigo.” Su voz es monótona, como si recitara algo aprendido hace mucho tiempo. El saxofonista atrapa al mesonero por un brazo cuando pasa a su lado (ahora sus gestos son bruscos y alegres) y le ordena dos vasos de ron.

Diez minutos más tarde lo conduce a la parte trasera del local. Hay una puerta que da a unas habitaciones oscuras y malolientes, con bultos por donde quiera (tropieza varias veces, golpeándose las rodillas). El saxofonista no deja de hablar, moviendo mucho las manos, pero él no lo escucha. Intenta escucharse a sí mismo, reconstruir una historia que se le escapa: “No sé quién es Mario ni qué fue lo que hice, pero debo huir”.

Finalmente, salen del edificio. Están al final de una calle ciega y a lo lejos percibe las luces de una avenida.

El saxofonista alarga un brazo; en su mano hay un grueso fajo de billetes que el otro hombre guarda en un bolsillo de su chaqueta. Y luego, con cierta lentitud ceremonial, saca el revólver de la parte trasera de su pantalón y se lo ofrece. Él lo empuña, siente su peso apremiante, apunta al saxofonista. Dispara.

Estación 2 | Ecency