El mundo habita en espacios pequeños; todo, entero, completo, exacto, perfecto… Todo cabe en pequeños retazos del enorme espacio. En mi casa hay un enorme mundo al que le bastan par de metros cuadrados para existir, estar y ser. En mi cuarto, hay un submundo de ese mundo (con sus reglas y sus limitaciones respectivas, diferentes a las del baño o la cocina, que también son mundos dentro de ese “mi mundo”). En mi cama otro mundo igual.
En su mano, por ejemplo, cuando se cierra sobre algún pedazo de mí, cabe otro mundo: el de sensaciones. Quizás este sea un mundo más efímero, pero mundo al fin. Respiro y el aire que me embarga pone a funcionar mis sistemas y, este, inicia su trabajo de mantenerme vivo. No necesito más.
Me desnudo y me posiciono bajo la regadera. El agua resbala desde mi cara por todos mis flancos en un abrazo extraño y sin recatos; me recubre y recorre como si me hiciera el amor, o peor, como si se hiciera el amor conmigo. Se va por debajo de mis pies y se pierde en las cañerías. Bajo la cobertura del agua soy otro ser. Mimetizado con algún ser mitológico, algo de mí se marcha con el agua. Lo mismo pasa con el tufo del café recién colado o el perfume que, al paso del viento, aleja de mi un pedazo invisible que se prende de alguna nariz puta… El mundo se extiende o reduce según pequeñas esquelas que emito (incluso sin ser consciente) y me desmiembra.
El mundo coexiste –con ella, con él, con eso, en aquello, por esto– y se manifiesta –aquí, ahí, allá– sin importar tiempos, vidas o muertes. El mundo no es paralelo. Yo sí. Salgo y entro de él con la conciencia apenas de que lo hago, pues, soy un sujeto inmerso en un hábitat ajeno que intenta hacerlo suyo orinando en sus rincones, marcándolo, delimitándolo, peleándolo, cediéndolo… Me creo su dueño, aunque la verdad es que todo ocurre a la inversa. Afuera, al cerrar la puerta, entro a un nuevo nivel. Como en un vídeo juego, comienzo a ser parte de otro mundo; de dos al mismo tiempo: el que se desarrolla y me envuelve y el que envuelvo dentro donde se oye esta voz. Recuerdo aquella frase que reza “cada cabeza es un mundo”… y pienso en lo estúpido que es todo: me sumerjo en la sátira de vivir.
Y cuando no quiero pensar, entro a otro mundo: al del silencio.
Retraviezo