La vida en Caracas, día tras día, se ha convertido en un cúmulo de experiencias que se nos antojan parecidas, o en el mejor de los casos, muy familiares como para hablar de ellas en forma específica cuando alguna ocurre. El Metro, sus instalaciones, trenes y el viajar en ellos puede ser una vivencia distinta no sólo cada día sino también cada vez que uno se monta en un tren para ir a otro sitio de la ciudad, también hay una situación distinta cuando nos colocamos en el andén a esperar el próximo tren habiendo diferencias entre las estaciones y las horas en que lo tomamos. El hecho que nos ocupa ocurrió en un día de semana, en la estación Los Cortijos que a mi siempre se me antoja llamarla Los Ruices porque algunas de mis diligencias me llevan a ese sector y nunca he hecho una delimitación entre los dos sitios porque eso no es evidente para mi, en todo caso, y para volver al cuento, son las 5 de la tarde, pasados unos 20 minutos, y Gusmavi está absorta, anonadada porque acaban de anunciar por los parlantes que el servicio de trenes ha sido suspendido por tiempo indefinido.
Cuando un tren se detiene por tiempo indefinido dentro de una estación implica una gran angustia para los pasajeros que, en un segundo, son trasladados en su imaginación a la superficie que dista de tres pisos bien altos, y ese llegar a la superficie obliga al pasajero, a los que viajamos en Metro, a hacernos un mapa mental de la ciudad y otro donde nos disponemos a esperar junto a muchos otros y prepararnos para corretear los buses y las busetas, que por obra de los acontecimientos ven crecer enormemente su demanda en una hora, que como la comentada, es de las llamadas pico por que es una hora de salida de obreros y empleados de las oficinas y de las fábricas.
En una ciudad como Caracas, que es un valle estrecho donde la ciudad ha crecido hacia los lados y las avenidas se han construido muy angostas para que el sector inmobiliario pueda enriquecerse construyendo sus edificios, una paralización de los trenes subterráneos, en horas pico o de gran afluencia de público en la calle que buscan llegar principalmente a sus hogares, convierten las principales avenidas en zonas de caos y de angustia, muchas personas presumen, o presumimos, que llegaremos con retrasos de hasta tres o mas horas, según se viva o no en las ciudades dormitorio a las que para llegar es más problemático, más lento y con un tránsito mas pesado. Caos y angustia definen la actitud del caraqueño en la situación descrita porque además hay que sumar a las otras estaciones del Metro, porque el tren suspendido queda varado en una vía que no tiene alternativas para otros y las estaciones anteriores o subsiguientes se quedan también paralizadas.
Gusmavi llega a la superficie y camina perdida en sus pensamientos hasta colocarse en una acera de la avenida por donde transitan los buses que la pueden llevar a su destino, pero ese no es el pensamiento que cruza por su mente, su mirada indica que hacia donde ve es a sus propios pensamientos, hace preguntas a su corazón y pide al cielo y a Dios que le hagan llegar una luz para su situación que está llena de cuestionamientos e interrogaciones. Cuando llegó al andén como todos los días, lo hizo en el horario de salida del trabajo de muchas personas y, en la estación Los Cortijos, el público es abrumador, tanto es así que aquello parece el encuentro de personas en una plaza pública en la actitud de esperar un gran discurso, y este se manifiesta silente con una luz que avanza por el túnel de llegada del tren, la luz va bañando columnas y paredes, abriendo paso en la oscuridad al tren, y cuando ambos entran al andén la luz primigenia es absorbida por la del andén y por la expectativa del público que espera que el tren se detenga y se abran las puertas para, a empujones en la mayoría de los casos, entrar a los vagones.
Gusmavi está detrás de algunas personas en la espera que el tren termine su marcha y abra sus puertas, ese momento de disposición multitudinaria compacta el ambiente en una imaginaria barra invisible que de pronto fue rota en un micro instante por un grito de angustia seguido de otros muchos, de una frase que decía “el chamo saltó” y como un remolino de pasiones muchos se apartaron y dieron espacio a unos liceístas que gritaban pidiendo ambulancias, otro joven, en su desesperación, llegaba a los rectángulos que tienen la alarma de emergencia y rompía uno de los vidrios para buscar algo que retrocediera el tiempo, que salvara a su compañero de no más de quince años. Personas diversas comenzaron a llorar, algunos a gritar y otros a irse del andén.
Al lado de Gusmavi una mujer caminaba y le contaba a otra que ella había visto cuando el muchacho retrocedió hacia el centro del andén para tomar el impulso de una carrera que terminó en un salto que llegó a la muerte cuando el tren le impactó a pesar de que ya había disminuido su velocidad. El conductor seguramente lo único que vio fue el cuerpo en el aire, sintió el golpe del joven contra el acero de la cabina y, con imaginación, miró a esa persona que escogió ese momento para que el se sintiera sacudido por la decisión de morir de otro ser humano. Nadie podía ver el cuerpo debajo del tren, aunque muchos de sus compañeros de estudio lo trataran de hacer mas con la imaginación que con las posibilidades, uno gritó que vio una mano del chamo mientras adentro y afuera del andén, todo se convertía en caos, tristeza y llanto.
Ya en la avenida Gusmavi seguía absorta, esperando como una autómata el bus y finalmente, cuando ya el transporte de superficie la llevaba a su destino, comenzaron a surgir preguntas de saber porqué aquello, cómo alguien llegaba a esa decisión y con toda una vida por delante, ella no entendía el suceso, ella estaba llena de Dios, sabía con la fuerza de su corazón, que no de su intelecto, que éramos en uno con Él Señor. Y muchos días después del acontecimiento, ella me lo refirió al igual que su cuestionario y yo le contesté que en general ese tipo de suceso viene ocurriendo desde hace muchos años sin que lo podamos evitar porque ese chamo estaba sumido en una depresión que generalmente sólo los médicos siquiatras y sicólogos lo pueden detectar, quizás ese darse cuenta que otra persona está deprimida, hubiera permitido hacer algo por ese joven a quien los caminos se le cerraron en sus sentimientos y no pudo ver todos los que estaban abiertos.
Sin embargo, como para tener dudas en mi aseveración, no tanto por lo que dije, sino porque un suceso puede tener muchas explicaciones, en la prensa del sábado 29 de mayo de 2010 aparece publicada una nota donde la familia del joven, que en vida se llamaba Julio César Mendoza Guerra, de 14 años de edad, reclama al Metro los videos donde aparece que su hijo se suicidó o, lo que ellos creen por algunos testimonios recogidos entre los compañeros de estudio, que esa tarde discutía con la exnovia y en un juego o intercambio de manos alguien lo empujó, con lo cual pasamos de suicidio a asesinato.
Inverosímil relación de hechos, increíble que yo crea que estos son motivados por una sóla razón cuando aquí vemos dos y, seguramente, hasta tres porque la tercera es tan terrible como la posibilidad de un crimen contra la integridad de una muy joven persona, esa nueva razón es que en forma rápida algunas personas hayan concebido una forma de complot para encubrir el asesinato y por eso alguien comentó: --“El chamo saltó, yo lo vi prepararse”. Y este es un asunto que debo dejar en el suspenso porque sino estaría entrando en otra crónica que trata de explicar la primera y a lo mejor me sumerjo en la acción de una noria, así que fin de la historia, y hasta una nueva inspiración.
LBO