Días atrás, me lavanté con el deseo de caminar sola hasta la playa, para más que meditar y mirar hacia adentro, ir observando los detalles de mi alrededor; todos esos gestos de amor que aún nos ofrece "el nuevo amanecer". Sí, ahí siguen a pesar de todo lo malo que pudiéramos destacar, esperándonos cada día; tal vez como un bebé hambriento que anhela la cercanía del pezón de su madre.
Más allá de nuestras narices
¿Y quién puede escuchar el llanto de los grillos, por la mañana?
¿Quién puede oler el aroma que desprenden los vagabundos, al amanecer?
Solo quién acalla el revuelo de sus pensamientos y enciende la luz de su consciencia.
Ese ser que observa en su sueño, y deja de creer que todos le miran, que todos le odian.
Ese que comienza a observar despierto, sensible a lo que percibe más allá de sus narices.
Despertar de la realidad que agobia y comenzar a vivir el sueño que deleita, aún con la mirada atenta.
Perderse en los detalles que no se comunican con palabras, son los signos codificados de un mensaje alucinante.
Volvió a amanecer y no todos pensamos para existir...
Rainelis Loero.