Esa tarde íbamos a asistir a una fiesta criolla en la localidad donde estábamos pasando unas vacaciones en casa de los padres de María. Habíamos llegado desde la ciudad en la mañana, después de un viaje de casi diez horas en autobús. Aunque cansados, estábamos entusiasmados y emocionados por conocer ese lugar, del que tanto nos había hablado nuestra amiga.
Lo primero que me abrió los sentidos fue el olor de una planta, el mastranto, que llenaba todo el ambiente y después esa llanura infinita de matorrales y hierbas, donde desde temprano se escuchaban los sonidos de las aves que se veían sobre los árboles. El sol ya comenzaba a calentar y a hacer brillar los colores de ese paisaje natural tan extenso. No se veía ni una nubecita en el cielo, solo ese azul infinito.
El cafecito cerrero y unas arepas con nata y queso, nos dieron la bienvenida en aquella casona de techos de teja y largos corredores, donde colgaban las hamacas, no podía ser mejor. Los perros nos seguían, vigilándonos mientras recorríamos los alrededores y observábamos las faenas del campo, las vacas pastando luego de ser ordeñadas y las gallinas picoteando el maíz que los niños de la casa les echaban en el suelo. A lo lejos se veían los hombres en sus caballos arreando el ganado. El fogón de la casa encendido con el café siempre caliente y esperando a las mujeres para iniciar la preparación de la comida.
El día pasó muy rápido y ya listos para partir a la fiesta nos montamos en el camión de la familia, nos llevaba el hermano de María, ya el camino se estaba oscureciendo, había luna nueva.
Nosotros conversábamos alegremente, en la radio se escuchaba sonar la música llanera. Pero de repente... en vez de música escuchamos la voz de un narrador. Estaba contando una leyenda del llano, la de un hombre que mató a su padre y su madre lo maldijo. Su espíritu acechaba a los caminantes y sobre todo a los hombres parranderos. Vagaba penando por las llanuras. Según seguía contando el narrador, era un espanto de gran altura, un ser espelúznante de más de 3 metros, que llevaba a cuestas un saco de huesos y emitía un silbido que iba desde un tono más grueso a uno más agudo y lo más extraño era que ese sonido cuando más lejos se escuchaba más cerca estaba el espanto y viceversa.
Nosotros escuchábamos atemorizados, una brisa helada pasó soplando, nos acercamos unos con otros, porque de pronto ese silbido se escuchó muy lejos, la noche era oscura, silenciosa y el camino largo, muy propicio para encontrarnos cara a cara con... el Silbón.
Espero que este relato les haya gustado, está basado en una leyenda venezolana, una tierra propicia a la imaginación y al misterio, donde los sonidos de la noche acompañan la soledad del llanero.
Las fotografías fueron tomadas por mi hija Maxjulis