¡Hola y bienvenidos!
Esta es mi participación en el Concurso de literatura La Abeja Obrera. Edición Nro. 10
Las olas del mar y la bruma que se complacía en reposar sobre la playa del pueblo, eran las imágenes que todas las mañanas al salír a trabajar observaba Daniel, en su camino hacia el muelle.
Las gaviotas y los pelicanos se arremolinaban sobre las barcas que llegaban cargadas de la faena de pesca. Y los pescadores se peleaban con ellas para alejarlas en lo posible, porque siempre regresaban.
Daniel hacía su trabajo de ayudar a descargar la pesca, pesarla y entregarla a los compradores. Era un trabajo que le gustaba. Tenía amigos entre los pescadores, los caleteros, las mujeres que fileteaban el pescado. Gente sencilla y buena. Su responsabilidad le había ganado el respeto y el aprecio de los trabajadores del muelle, de esa población de la costa donde había llegado hace unos años buscando una vida nueva.
Daniel era muy amable y alegre con las personas, pero en su interior guardaba una tristeza que no lo quería abandonar... una pena de amor. Sufría por no poder compartir su vida con ella, el amor de su vida. La tenía cerca pero al mismo tiempo tan lejos.
Los sueños que hemos tejido en nuestra mente, cuando no son compartidos se van destejiendo poco a poco, dejando un dolor y un vacío en el corazón.
Así se sentía Daniel todos los días de su vida y el amor tan esperado no tocaba a su puerta, porque la había mantenído cerrada por mucho tiempo.
La música era su compañera y apoyo para expresar sus sentimientos. Al compás de las cuerdas de su guitarra y con ayuda de su voz, conseguía hacer brotar de su garganta, las letras que escribía en las noches frías y oscuras de la bahía.
Cuanto amor y tristeza en esas canciones, cuanta soledad. Sus amigos lo aconsejaban tratando de ayudarlo a salir de ese caparazón duro que lo cubría. "Tienes que enamorarte de nuevo", le decían. Sin embargo no habían podido más que acompañarlo, porque Daniel seguía aferrado a un amor no correspondido.
Pero en un instante, como a veces puede ocurrir, la vida de Daniel cambió. Se dio cuenta que la soledad no era el camino y su alma entendió que debía amarse a sí misma para poder abrir su corazón. Fue algo casi mágico, una revelación frente al mar. Ese mar profundo y oscuro que lo recibía todos los días y que le envió a través del sonido de sus olas, un mensaje que Daniel comprendió.
—Daniel, mira mi inmensidad. ¿Te parece que tengo el control de todo? No es así, las olas que ves llegar a la orilla, no son las mismas de hace unos minutos, ni las de la mañana, ni tampoco las de ayer, porque voy cambiado.
—¿Por qué has de cambiar? ¿Que me quieres decir con eso?
—Porque todos debemos hacerlo, es una ley natural. Cambiamos para adaptarnos a lo que nos rodea y para mantener el equilibrio. Tú debes hacerlo también. Busca en tu interior. Todo estará bien si así lo quieres.
El sonido de las olas lo arrullo hasta que se quedó dormido sobre la arena.
Y desde ese momento, la tristeza abandono su corazón y se llenó de esperanza y de alegría de vivir.
Y el amor toco de nuevo a su puerta y él muy feliz y confiado, lo dejo entrar.
La fotografía de la portada es de mi propiedad.
Los separadores los realice en el programa Canva