Té con la nostalgia ☕
Expectante, aguardando al huésped de la obstinación, con el miedo y el desarraigo a flor de piel. La ansiedad jugando con el ritmo cardíaco, saltando de tanto en tanto y destruyendo cosas a su paso. Con un nudo en la garganta y lágrimas a punto de hacer su entrada triunfal, ya podía sentirlo, se hacía carne de la espera, la brillante lucidez de perder la cabeza cuando nada ha acontecido.
Y sin más, cuando todo parecía inutil, se hizo presente, invadió con destellos el panorama y, a su paso, dejaba una estela de negrura inagotable. Sin pedir permiso, sólo amagó a hacerse paso entre el ínfimo recoveco que nunca se le había cedido, alegando alebosía entre sus muecas de superioridad. Me miró por segundos que sintiéronse eternos, agobiado por la presencia exhaustiva que tanto me costaba afrontar.
Me hablaba en idiomas que no comprendía, relataba películas que no correspondían con la realidad, me buscaba. Me buscaba, sin más. Buscaba apuñalarme por lo bajo, fingiendo inocencia y riendo con la más cruel de las naturalidades. Su velo de engaños me asfixiaba, se movía con gracia en el terreno de su expertise, me seducía con patrañas y mi fuerza de voluntad fluctuaba de forma vertiginosa.
¿Me era necesario? Claro que sí. La escuché, la escuché sin más. Me presentó su panorama, sin obviar detalles y con juegos mentales; pero aquí estaba, yo ya no era eso. Era un acto desenfrenado el de sentarse a tomar un té con la nostalgia, un té lleno de espinas disfrazadas de arcoiris, un té tan dulce que esconde el gusto amargo del veneno. Me mostró escenas que ya no correspondían a mi realidad, desenfundó experiencias que fueron realmente hermosas y felices, pero que abrían heridas que no estaba dispuesto a volver a sanar.
La escuché y estuve ahí, para ella, le hice saber que estaba agradecido por su insistencia en enseñarme cosas que ya eran de mi conocimiento, por guiarme de formas que ya no me eran productivas e intentar asfixiarme con ello. Una relación un tanto tóxica entre dos interlocutores que perseguían finalidades diferentes, casi rozando lo esquizofrénico e indignante. Danzaba frente a mí una melodía sinuosa que me causaba pavor, acariciando con desdén mi inusitada penuria. Respiré hondo, por primera vez en toda la experiencia, la enfrenté con más congoja que agallas y me retiré.
Tomar un té con la nostalgia, invitarla a sentarse con uno para mirar atrás. Meras reminiscencias agridulces, desdén superlativo y una avasallante atemporalidad. Insistía en que me quedase, que la acompañase por un rato más, que aún teníamos muchísimo por charlar; le recordé que estaba maravillado por su visita, pero que no era un lugar de permanencia. Sólo referencia, pura y exclusivamente referencia. Para la mayor de mis sorpresas, pudo comprender sin ningún tipo de problema, sonrió con un dejo de tristeza evidente y en un grácil movimiento de muñeca, se incoporó de su asiento y un atisbo de volutas de humo se apropió de su destino.