The Elder Scrolls V: Skyrim es, casi con total seguridad, mi juego favorito o, por lo menos, el que más tiempo le he dedicado (esto último sí es una aseveración). En medio de los interminables caminos de su mapa me colé en cientos de mazmorras, maté a criaturas mitológicas de todo tipo y completé un sin fin de encomiendas. Sin embargo, creo que hasta hoy no me había detenido a apreciar algo que, supongo, pasa desapercibido para la mayoría de los que alimentamos al ocio con este o cualquier otro juego: Skyrim es hermoso.
Espero que se entienda que me refiero a Skyrim como esa extensión de terreno digital que abarca el espacio jugable por nuestro avatar. Las diferentes latitudes del mapa, dicho de otra forma. Entonces, aclarado eso, proseguiré con el origen de este breve texto, que "nació" mientras jugaba una misión que completé una veintena de veces antes. Detenido sobre una roca frente a un lago sin nombre, que quizá visité anteriormente, con mi vista en primera persona apuntando hacia la nada, solo pude pensar «carajo, todo en este juego es bello». Probablemente el gran mérito de Bethesda (compañía desarrolladora), que ha permitido a Skyrim persisitir en el paso del tiempo, sea precisamente eso. Esa atención al detalle que lo convirtió en un espacio deslumbrante, en una experiencia.
Creo que esto lo he repetido en anteriores textos publicados en este mismo blog; no obstante lo reafirmaré una vez más, porque a medida que el tiempo sigue su indetenible curso se hace cada vez más cierto: Skyrim envejece tremendamente bien. No es poca cosa para un juego con más de 10 años de antigüedad (12 años para ser exacto), tomando en cuenta por supuesto las dimensiones de mundo abierto que este ofrece, tener un apartado visual tan ejemplar.