
Caminé las encrucijadas con flores en mis pupilas.
El amigo sin dobleces, vencido por el azar,
no llegó.
Nunca creí en el poema que me apretaba la respiración;
solo en el muro al que entregaría mis huesos.
La elegancia de morir en el mar se volvió una fábula rota
y yo, cenicienta sin fábula, seguí en mis despojos.
Un óvulo de carcinoma ardía en la piel cansada de mi vejez.
No dejaré un adiós:
el mundo casi entero me ha olvidado.
Fría y desorientada
soy este final
invisible.