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La muerte nos ronda con sus apetitos desmedidos, nos observa en cada paso, en cada tropiezo y resbalón; nos desea desde lo más profundo de sus entrañas y no disimula... ¡no disimula!
La muerte babea por nosotros, es descarada, es descarnada.
La muerte está ansiosa como un perro de Pavlov, como la serpiente antes de la mordedura.
Y cuenta nuestras horas desde cualquier ángulo, desde su ojo vigilante que adopta cualquier forma humana o no humana, espiritual o de la naturaleza.
Y ya me lo ha dicho claro con su voz tosca y carraspeada:
"De todo habrás escapado, más de mí no hallarás cómo ni por dónde".
No hay forma, ni aun implorando al cielo.
La veo asomarse todas las mañanas con forma de buitre, de cuervo, de gato negro o perro endiablado; con su vestido nocturno y sus dientes de porcelana.
No hay escapatoria, pasadizo secreto o buhardilla de los santos; se conoce cada una de las salidas y de los atajos.
No hay pócima o nombre, o hechizo, o conjuro.
Ni aun dedicándole libros, ni escribiéndole cuentos o poemas... es tan horrorosamente insensible la muy caradura, es tan acosadora, la gran perra y es tan seguro que la acompañaremos algún día, que espera sigilosa que el momento llegue.