Vacía, tal como un pozo en sequía.
Parecía una muñeca sin vida;
Sonreía, inmutable ante las heridas,
Tal como una pintura sin artista.
¿Era de barro o de cristal?
Preguntaban los curiosos al pasar,
Y contemplando su estática emocional;
Buscaban algún brillo en su mirar,
Pero nada más, que una belleza superficial,
Pudieron sus cansadas pupilas hallar.
Su expresión no revela amargura,
Y la dulzura no se asoma ni por suerte,
Despide un aura inerte toda su figura,
Así como aquellos besados por la muerte.
Aunque no hay tal hechizo letal,
Pues el pulso grita bajo su piel,
Y a pesar que la voz de sus palabras es banal,
A su reflejo se mantiene fiel.
Sus mejillas visten un rosado jovial,
Como si la sangre hirviera en sus venas,
Sin embargo sólo es rosa mate artificial,
Disfrazando un maquillaje arrancado a duras penas.
Sus labios no tiemblan mientras habla,
Es tangible la seguridad con la que se expresa,
Cualquiera pensaría que desconoce el temor,
Que nunca ha batallado contra la tristeza,
Mas el iris de sus ojos abriga un profundo color,
Ocultando historias hirientes con prudencia,
Rescatando un corazón vulnerable,
De un cruel villano que roba inocencia,
Condenando a un sollozo inquebrantable,
De esos que no se palpan con la vista,
Pero que el alma fácilmente escanea.
No es de barro, ni de cristal,
Sólo lleva tatuada la marca de la experiencia,
Su vacío es sencillamente temporal,
Y llenarlo requiere de paciencia.
El tiempo es el “jaque mate” del juego,
Y esa muñeca vacía mueve cada una de las piezas.
Poema sujeto a derechos de autor