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Con aire de modelo, la mujer con su pie derecho sobre el borde la cama, mostraba su body negro y de sus pequeños pantis las tiras de su liguero unían las medias negras de nylon. El pelo castaño medio revuelto y su mirada fija hacia la puerta esperando a que alguien la abriese.
De pronto el vaivén de la puerta le anunció la llegada de un nuevo visitante. Había perdido la cuenta de las veces que esa puerta se había abierto y vuelto a cerrar.
La poca luz de la habitación le dejó percibir la escena que contempló con ojos inquietantes: El hombre que había ingresado estaba vestido de manera estrafalaria: Unos pantalones anchos de cuadros con tirantas rojas. Una camisa de colores que poco combinaba con sus pantalones y unos enormes zapatos con su gran punta redonda y quizás un poco levantada.
Cuando el hombre se acercó y ella tocó su cara se dio cuenta de inmediato que estaba frente a un hombre con la cara pintada. De un brinco retrocedió a la defensiva. Esta vez no sabía con qué pervertido tendría que trabajar. Su corazón latía con fuerza. No sabía hasta cuándo su corazón resistiría tantos latidos de sorpresa.
Estaba como animal enjaulado, debido a su profesionalismo no le demostró al hombre que estaba sufriendo de pánico. Aún no se acostumbraba a las primeras reacciones de los hombres que la necesitaban.
El hombre de pronto hizo un ademán con sus manos indicando calma. Ella no entendía lo que el hombre quería. Por su cabeza pasaban tantas escenas de momentos vividos y definitivamente esta situación era inigualable.
De pronto escuchó la voz del hombre que la retó a que se sentara junto a él. Ella despacito pero segura de no mostrar su debilidad, se acercó a él.
—Ven mujer, tranquilízate, solo quiero conversar.
Había escuchado tantas veces esa frase pero después era sometida a cualquier barbaridad.
Demostrando tranquilidad preguntó al hombre de qué quería hablar con ella. Entonces este con su dedo índice hundió el botón de la lámpara que estaba en la mesita de noche. De inmediato la claridad corroboró que se trataba de un payaso.
El hombre le dijo de manera tranquila:
—Tu profesión es muy similar a la mía, por eso estoy aquí, porque quiero compartir sentimientos que otros no entenderían.
La mujer más tranquila pero con algo de reservas, dijo:
—En ningún momento su profesión es igual a la mía, usted al menos ríe de verdad.
—Cuán equivocada estás, mi alma se consume todos los días de soledad, llanto y desesperación y mi risa es solo una forma de ocultar mi dolor.
—A usted -dijo ella apuntándole con su dedo índice- todo el mundo lo aplaude mientras a mí me maldicen. Soy rechazada por la sociedad mientras que usted es alabado y buscado en todas partes, ¿Ve usted la diferencia?
—No te dejes engañar: yo también sufro, mi alma gime constantemente.
Pasaron 3 horas en las cuales ella le contó a él, cómo desde niña era violada todos los días por su padrastro y cuando su mamá se dio cuenta, sin decir nada, decidió entregársela a un hombre adinerado que le enseñó el camino de la prostitución.
Él le contó igualmente su desgracia: fue abandonado por su madre y a su padre nunca lo conoció; para sobrevivir encontró la profesión de payaso. Muchas veces solo un mendrugo tenía de comida y con él no podía tener la familia que siempre había soñado.
Hacia las 6 de la mañana ella despertó y el hombre ya no estaba. Él no supo cómo se llamaba ella y ella tampoco supo cuál era su nombre. Sólo recordaba haber recibido una infinita ternura que jamás antes ningún hombre le había prodigado.