Amarres en San Juan
_Eres mío, de la cabeza a los pies, y te reclamo: Ven manso, ven ligero. Que tus pasos vuelen hacia mí, que tus ojos no vean otro rostro, que tu cuerpo no sienta deseo por otro cuerpo.
A kilómetros de distancia de allí, el hombre sintió un mareo, un dolor en el pecho, una sensación rara en el cuerpo. Le vino el nombre de ella y su voz, como si esa voz fuera un canto. En ese instante le chillaron los oídos, como si alguien desde lejos lo estuviera llamando.
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Sobre el altar flores frescas, velas derretidas y un animal muerto. La mujer tomó un frasco de vidrio con miel, hojas de laurel, romero, canela y salvia. Comenzó a untar su cuerpo desnudo con el líquido espeso, mientras decía en voz alta:
_Voltea la cabeza, tus pasos y ven. Yo soy la que soy: yo soy tu dueña. La medida de tu cuerpo la tengo yo y te espera. Tu serpiente blanca y ciega solo quiere mi cueva, decía la mujer deslizando sus manos llenas de miel y canela.
Agotado e incapaz de pensar, el hombre tomó un puñado de tierra y se lo metió al bolsillo. Como autómata comenzó a caminar de manera tambaleante, insegura, como si estuviera perdido. Sentía que detrás de él los ojos de un gato negro jugaban con su alma como juega a la pelota un niño y el aroma de flores muertas le rasgaban la piel como si fueran mil cuchillos.
Entonces la mujer puso el nombre del hombre en la tierra negra y al otro lado, unido por un trazo grueso, puso el nombre de ella. Con una rama de albahaca empezó a hacer círculos y luego una gran estrella. Sobre los nombres, en el medio, puso un papel rojo y le prendió candela:
_¡Oh, San Juan, tú que todo lo das, dame al hombre que deseo, que si me lo das, me convertiré en tu sierva! Haz que mi voz esté siempre en sus oídos, que mi nombre esté en su lengua, que me piense día y noche, que yo no salga de su cabeza, que se postre delante de mí, que no voltee a ver otra hembra, que el aroma y el sabor dulce de mi cuerpo, día y noche, lo envuelvan.
Mientras tanto, las llamas del papel se convertían en hoguera y la mujer comenzó a bailar, pegada a la pared como si fuera una hiedra:
_Ven, ven, que te reclamo, hombre. No hay obstáculo que te detenga.
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Agobiado el hombre cruzó ríos, caminos y veredas. De repente, como si en el fondo supiera, sacó la tierra de su bolsillo y lo puso frente a una puerta. La puerta se abrió y dentro de la casa estaba la mujer aquella, completamente desnuda y con las piernas abiertas. El hombre consciente del poder de aquella hembra, aunque hubiese querido, no puso resistencia. Entonces entró, caminó despacio y habló cerquita de ella:
_Acepto tu poder. Tu conjuro, mujer, es como un martillo en mi cabeza. Pero recuerda bien que para poder amarrarme, a San Juan debiste hacerle una promesa. ¡Y ay de ti, mujer, que si en vez de San Juan, pactaste con la misma bestia!