Viernes de Lorazepam
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Ella, como todos los viernes, caminará por las calles largas buscando respuestas. Atenta, caminará como una cazadora o como una presa. El hombre de siempre la estará esperando en una esquina, en su automóvil, el cual encenderá inmediatamente al verla. Ella apresurará sus pasos y entrará en el automóvil y mientras cierra la portezuela, le dirá haberlo extrañado mucho y el frío que hace afuera. El auto se impregnará del olor de la hembra, y el hombre ya nunca más sabrá de controles ni de riendas.
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En el hotel acostumbrado, ceñidos uno al otro como fieras, encontrarán consuelo mientras el sudor como hilillos hacen resbalar las piernas y caderas. Al finalizar, ella se arrullará al costado del hombre contándole todas las peripecias. El hombre hará lo mismo mientras sus manos acarician y juegan. Como de costumbre volverán a besarse y anularán aquel dicho que jamás segundas partes fueron buenas, ya que ahora será la paciencia la reina de las sábanas y de la entrega.
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En la madrugada, como siempre, la pareja saldrá del hotel y volverá a la carretera. Él besará la mano de la mujer en silencio, ella tendrá su rostro hacia la ventana derecha. Hombre y mujer calmados, desahogados y con algo de tristeza, van absortos en sus pensamientos mientras que el día apenas comienza.
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Como siempre, cuando la mujer se baje del auto y agarre su cartera, el hombre la detendrá y la hará voltearse para que lo vea. La mirará a los ojos y luego en letras menudas y pequeñas, sobre un papel en blanco le escribirá la dosis de Lorazepam que el esposo de la mujer deberá tomar, porque él es su médico de cabecera.