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Cada día comienza con el eco amenazador de las palabras ofensivas, chispas tras chispas, en su cara, en su oído, como un murmullo: "No sirves para nada, eres poca cosa, estás vieja, mujer". Nadie escucha las palabras convertidas en piedras que se estrellan contra ella, nadie conoce su miedo bajo la sombra gigante que señala con el dedo.
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Bajo el mandato del hombre, solo se acepta bajar la cabeza y decir: "Sí, señor". Mientras él se ríe de su llanto, juega con su infelicidad, se divierte con su dolor. No hay heridas en el cuello ni moretones en sus brazos, pero cada día, poco a poco, deja de latir su corazón.
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Con las manos en la boca, ella ahoga su propio llanto: ¿a quién decirle los crueles hábitos que tiene el maltratador? ¿Dónde denunciar las heridas que dejaron las palabras, su efecto demoledor? No hay huellas de nada, tampoco testigos de la permanente violación. Todos miran al hombre, lo alaban y lo respetan, porque él, frente a todos, sabe hacer su papel de gran señor.