Al principio, la relación fue perfecta. Pasaban toda la noche hablando, soñando la vida que tendrían juntos. Como ella tenía una rica imaginación, le contaba con lujos de detalles los viajes que harían y cada una de las cosas que harían en países desconocidos y mágicos. Él deliraba con sus ocurrencias, con su modulación, sus gestos, al relatar las historias. Ella era feliz al verlo entusiasmado de vivir con ella aquellas aventuras.
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Aunque él llegaba cansado del trabajo y desesperanzado por todo, ella lograba sacarle sonrisas, suspiros e inyectarle ánimo. A él se le olvidaba todo escuchándola hablar y describir la vida que vivirían en cada uno de los lugares que pronto visitarían. Embelesado, la miraba y sonreía imaginando lo que imaginaba ella.
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Sin darse cuenta, el tiempo pasó y ella hizo los relatos más cortos, también menos atractivos, porque nada de lo que se había imaginado había ocurrido. El hombre lo notó y la instó a que imaginara otras cosas. Pero ella empezó a contar trozos de realidad que ya habían sucedido. Los relatos no fueron buenos: para los dos fueron un castigo.
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Entonces, desde ese día, él llega a la casa y la mira entristecida, y es él quien empieza a recrearle una vida. Le dice: "Imagínate el carro, la casa, la isla. Imagínate los árboles grandes y la brisa". Pero ella sin emoción lo mira. Ella por más que lo intente, nada se imagina: tal vez porque él es mal contador de historias o porque una historia entre ellos ya no la anima.