Cuando los hombres de las armas de fuego llegaron, encontraron que los nativos habían puesto inmensas piedras por todos lados obstruyendo el paso. Pero los hombres de las armas de fuego venían preparados y traían grandes cargamentos de dinamitas para derribar cualquier obstáculo. Una gran nube de polvo se expandió por toda la zona augurando una gran guerra.
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Todos los nativos agarraron sus arcos, sus flechas y rodearon toda la selva madre para protegerla. Sin dejar que avanzaran, comenzaron a disparar al frente y los hombres con armas de fuego accionaron también sus armas derribando a unos cuantos nativos. Flecha a flecha, piedra a piedra, dieron en el blanco, pero en número, los nativos eran inferiores a los otros y perdieron la batalla.
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Más tarde, cuando por fin los hombres con las armas de fuego avanzaron, lograron ver toda la tierra teñida de rojo. Con sus grandes maquinarias derribaron los árboles y estos cayeron como caen los gigantes: haciendo un ruido estruendo. Rieron los hombres con armas de fuego porque más fuerte que ellos no había otro y porque eran dueños de todas las tierra y sus tesoros.
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Donde hubo árboles comenzaron a hacer edificios, casas, fábricas, pero extrañamente después que estaban hechas, caían estrepitosamente. También intentaron criar ganado, caballos, finas yeguas, pero así de la nada morían como había muerto la selva. La tierra estaba adolorida, preñada de miserias, entonces los hombres de fuego se fueron, dejando a los nativos llenos de desventuras y carencias.