Recuerdos de mi padre
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Aquella tarde, mientras madre cargaba a mi hermana menor, tú te fuiste con mi hermana mayor y conmigo, y nos montaste en los columpios, tobaganes y sillas voladoras. Con nuestras risas, tú sonreías y tus ojos atentos estaban encima de nuestros movimientos. Con los zapatos llenitos de tierra, nos cargabas de un lugar a otro para que pudiéramos llegar a los sitios más altos. Desde allí gritábamos tu nombre imaginando que estábamos más cerca del cielo.
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Ahorita cierro los ojos y rememoro tu cara de preocupación cuando me resbalé por el tobogán y si no hubiese sido por ti, que me agarraste en el vuelo, mi cara hubiese chocado contra el suelo. Me cargaste rápidamente cerciorándote de que no me había hecho nada, pero luego me regañaste por mi impetuosidad y majadería. Ahí descubrí que los héroes no siempre llevan capa y que yo un héroe siempre tendría.
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Miro tus camisas, padre, y no puedo dejar de pensar en tu felicidad al vernos felices, en tus ojos miopes y chinitos, pero especialmente en tus manos, esas que aún, después de tu muerte, me sostienen y no dejan caerme. Esas que, como aquella vez en el parque, me alzaron en un vuelo y que me hacen decir con certeza, que yo no perdí un padre sino que gané un ángel en el cielo.