¿Quién nos robó París?
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Toda la semana habían estado recorriendo la ciudad en una forma de recordar su luna de miel, revivir la magia y el romanticismo de los primeros años. Habían vuelto a la Torre Eiffel, a los Campos Elíseos, a Notre-Dame, al Museo de Louvre. En los autobuses y metros que los trasladaban de un lugar a otro, se rodeaban de parejas risueñas, enamoradas, que suspiraban ante la expectativa de cada lugar soñado. Mientras ellos, con sus rostros hacia la ventana, trataban de ocultar los despojos de un amor en ruinas.
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Cada visita fue un lugar común para ellos, como sus propias caricias: ante los ojos abiertos de los otros, Eiffel para ellos solo fue una torre de hierro; a ellos la Mona Lisa les sonrió con ironía y con burla al verlos caminar sin las manos agarradas; llegar al Arco del triunfo fue una osadía y se negaron a subir demasiados escalones.
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En el café, son un duro retrato del desgano y la desolación: el tiempo está lleno de presagios y de monstruosas sentencias. Ella apenas dice algo, él asiente como si nada. Ella dice al viento: París ha cambiado mucho. Él vuelve a asentir ajeno y a guardar silencio. Son la visión de un horizonte negruzco de yermos paisajes que en otrora fueron hermosos jardines llenos de delicias.