Poner la otra mejilla (Relato corto)

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Poner la otra mejilla

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No quería llegar a su casa. El morral escolar estaba roto y sucio, los cuadernos también estaban en el mismo estado. Tal vez si llegaba directamente a la habitación, su mamá no vería su rostro hinchado por el llanto, la cara cruzada por surcos que las lágrimas habían dejado a su paso. Tal vez su mamá no vería la rabia contenida y no lo regañaría diciéndole que odiar era pecado.

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¿Pero cómo no odiar a esos niños que desde el primer día que había entrado al colegio se habían burlado de él? Primero lo habían llamado enano de circo, porque era pequeño; luego lo llamaron trozo de carbón, tan solo por su color. En el recreo lo empujaban y lograban que la merienda que su mamá había guardado con amor, cayera en el suelo en medio de su impotencia y dolor.

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Se lo había dicho a su madre, también a su maestro y los dos le habían recomendado que no debía hacerles caso, que debía hacerse el sordo, que debía ofrecer la otra mejilla como prueba de perdón. Y así lo hizo: cuando fue ofendido, bajó la cabeza; cuando fue señalado, calló. Pero hoy un acto cruel había rebasado el vaso.

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No quiere llegar a su casa y mira su morral roto, sus cuadernos convertidos en trizas. Cómo decirle a su madre que frenó con palabras y puños los abusos, cómo decirle que cuando vio sus cuadernos rotos, sintió que le habían roto el alma. ¿Cómo decirle que solo tiene dos mejillas y que ya había puesto las dos?

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HASTA UNA PRÓXIMA HISTORIA, AMIGOS