¿Para dónde van los amigos que se mueren?

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(Foto de mi archivo personal)

¿Para dónde van los amigos que se mueren?

La semana pasada recibí la noticia de la muerte de un gran amigo. Al principio quedé paralizada, confundida, sin saber qué hacer. Luego hice una llamada para certificar el mensaje y luego otra que me dijera lo contrario. Las dos llamadas corroboraron la noticia: efectivamente, Orlando había muerto. Ahí empecé a llorar.

Orlando era una de esas personas que transmitían felicidad. A él lo conocí una tarde en un taller literario entre poemas y ensayos. Nos quisimos desde el comienzo. Él, con su manera apasionada de hacer las cosas; yo, con la pasión de admirarlas. Estar con él era el carrusel al que montamos cuando niño: reíamos a carcajadas, llorábamos, gritábamos; la felicidad era él y su mirada. Era bonito disfrutar y estar con él. Sin más razón ni excusa que sentir por un rato la belleza de lo cotidiano, un instante nimio y diminuto entre amigos; tan hermoso como imperceptible.

Orlando era actor y director de teatro, pero también era un mago de las manualidades y las palabras. A mí me regaló una cajita de rapé morada, una carpeta azul y un portarretrato. Para él era fácil hacer un regalo, crear una fantasía, cumplir un deseo. Al final, el verdadero regalo que te daba la vida era él, porque a veces, todo eso, te llega en forma de persona. Y tú piensas que bonita es la vida, a veces, cuando no te regala espinas, solo rosas.


(Orlando Rodríguez)

Recuerdo una vez que Orlando y yo nos quedamos hasta tarde en una fiesta, después que todos se habían ido. Hablamos del amor, de la amistad y hasta de la muerte. Aquella noche conocí al hombre detrás de la sonrisa permanente, de los chistes: vi sus ojos y vi tormenta, vi un hermoso desastre, vi dragones que no eran de ningún cuento de hadas, sino que eran de él y él los escondía, porque hay cosas que solo se muestran de noche y una vez en la vida.

Orlando se fue. Ahorita debe estar con sus marionetas en el cielo o bordándoles las alas a los ángeles. O tal vez no fue a ninguna parte y aún sigue entre nosotros. Y seguimos hablando como aquella noche de tormenta. Y yo le pregunto y él me cuenta. Y hablando le quitamos tiempo a la vida y capaz no llegue nunca el día que se muera. Porque estar lejos no siempre implica kilómetros, si la otra persona aún recuerda y yo sé que a Orlando será difícil de olvidar.

HASTA SIEMPRE, AMIGO…

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