¿Para dónde van los amigos que se mueren?
Orlando era una de esas personas que transmitían felicidad. A él lo conocí una tarde en un taller literario entre poemas y ensayos. Nos quisimos desde el comienzo. Él, con su manera apasionada de hacer las cosas; yo, con la pasión de admirarlas. Estar con él era el carrusel al que montamos cuando niño: reíamos a carcajadas, llorábamos, gritábamos; la felicidad era él y su mirada. Era bonito disfrutar y estar con él. Sin más razón ni excusa que sentir por un rato la belleza de lo cotidiano, un instante nimio y diminuto entre amigos; tan hermoso como imperceptible.
Orlando era actor y director de teatro, pero también era un mago de las manualidades y las palabras. A mí me regaló una cajita de rapé morada, una carpeta azul y un portarretrato. Para él era fácil hacer un regalo, crear una fantasía, cumplir un deseo. Al final, el verdadero regalo que te daba la vida era él, porque a veces, todo eso, te llega en forma de persona. Y tú piensas que bonita es la vida, a veces, cuando no te regala espinas, solo rosas.
Recuerdo una vez que Orlando y yo nos quedamos hasta tarde en una fiesta, después que todos se habían ido. Hablamos del amor, de la amistad y hasta de la muerte. Aquella noche conocí al hombre detrás de la sonrisa permanente, de los chistes: vi sus ojos y vi tormenta, vi un hermoso desastre, vi dragones que no eran de ningún cuento de hadas, sino que eran de él y él los escondía, porque hay cosas que solo se muestran de noche y una vez en la vida.
Orlando se fue. Ahorita debe estar con sus marionetas en el cielo o bordándoles las alas a los ángeles. O tal vez no fue a ninguna parte y aún sigue entre nosotros. Y seguimos hablando como aquella noche de tormenta. Y yo le pregunto y él me cuenta. Y hablando le quitamos tiempo a la vida y capaz no llegue nunca el día que se muera. Porque estar lejos no siempre implica kilómetros, si la otra persona aún recuerda y yo sé que a Orlando será difícil de olvidar.
HASTA SIEMPRE, AMIGO…