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También son aterradores sus fríos ojos, sus voces, el sonido de las balas. El que narra la noticia no se percata, pero suena agitado, presiente, sabe la maldición de esas tierras, por eso late su corazón, presagiando los edificios moribundos y las calles desoladas sembradas de cartuchos.
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Lo han dicho con voz grave: los sediciosos van de casa en casa obligando a las mujeres que se queden en ellas, que no salgan. Desde ese instante no tienen derecho a salir solas. No irán más a la escuela. Serán hostigadas y castigadas públicamente. Pobres, son las más vulnerables, dice el de la televisión mientras se acomoda en el asiento de cuero marrón.
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En primer plano, en la pantalla, el rostro amedrentado de una niña que debe aprender rápido los códigos para poder sobrevivir a la salvaje hecatombe. Su velo púrpura será cubierto pronto con la mortaja que la hará invisible. Con absoluta resistencia, los ojos de la niña miran a la cámara y no hay odio para el verdugo, sino una dignidad ancestral, un despliegue de libro santo.