Como si fuera un castillo de naipes, hace dos semanas se cayó en la sala de su casa. Como pudo, se fue gateando hasta llegar a su cama. Aunque lo ha intentado, no se ha podido parar, todo lo hace arrastrándose, mientras un claro quejido sale de su pecho anciano. El cuerpo le duele, pero más le duele la soledad.
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Acostada en el colchón mojado, abre sus ojitos y piensa que si tal vez estuvieran su vecinos de al lado, podrían darse cuenta de su ausencia, pero ellos también se han mudado. Cierra los ojos y se queda tranquila porque seguro que en el supermercado donde trabaja cargando bolsas, se van a dar cuenta que tiene dos semanas sin asistir. Cuando los clientes lleguen a buscarla, porque hay clientes que la quieren, y no la vean, vendrán por ella, piensa la anciana con cansancio.
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Siente sed, pero mira su pierna hinchada y morada en la penumbra. "Debo aguantar un poquito más", piensa y respira con dificultad, mientras que los desvencijados huesos se empiezan a enfriar de manera extraña. "Seguro deben venir en camino. Cuando vean el trabajo acumulado, vendrán por mí", se dice a sí misma y cierra los ojitos sabiendo que el tiempo oscurece las esperanzas.
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La luz de la madrugada se mete por la ventana y la anciana aun no abre sus ojos. Afuera los arbustos que no han sido cortados por la mujer, crecen inmutables haciendo más invisible aquella casa. En el supermercado, el gerente entrevista a una chica para sacar el trabajo que se acumula y los clientes siguen su rutina de siempre. El reloj no se detiene y el olvido crece como una mala hierba.