Allá, cerca de un pueblito llamado El Cují, vive Irene. Desde pequeña, a Irene le ha gustado leer cuentos de hadas. Un libro de tapa dura que le compró su madre cuando era niña, es su más grande tesoro. Cada día, con cada lectura, su imaginación vuela y deja El Cují para viajar por lugares mágicos que solo existen en las páginas del libro y en la mente de Irene.
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A orillas del lago, Irene sueña que es una sirena que viaja y se enfrenta a dioses marinos que galopan en potros de espumas. Su voz melodiosa llega hasta los acantilados y hace enloquecer a todo el que la escucha. Entonces Irene, resplandeciente de escamas, vuela como una hoja libre y desnuda.
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A veces sueña con bandadas de dragones de piel metálica que dejan huellas por senderos remotos. Ella es una princesa que busca secretos en la arena, mientras aparece frente a ella horizontes rojos. No hay príncipes en sus sueños, solo ella y los dragones: también naufragios que dejan caracoles rotos.
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Pero cuando Irene no está soñando, la realidad le transforma el rostro. Arriba en el morro se desvanecen los sueños en las casas de cartón piedra, sobre la leña mojada que no hace fuego y en los techos perforados por donde la lluvia se cuela. Entonces Irene lee, lee mucho para dejar de ser ella, sin darse cuenta que en la realidad, también es una joven guerrera.