Los que miran por las ventanas…
Observan y saben que hay una caricia secreta del odio detrás de algunas paredes, algunas carnes, más allá de aquellas ventanas. Sienten miedo de estos tiempos salvajes, de aquellos lugares donde no hay fuego, de las tierras que no abrazan las semillas, de las personas que no le temen a Dios. Son animales seducidos por la soledad, más que solos, están lastimados por la memoria y la desolación. Han perdido la sonrisa fácil, pero tiemblan ante el ocaso, una tarde gris, una noche que danza y que huele a perdición.
Agradecen en silencio, mirando la ciudad que conjuga el verbo necesitar con mandar y humillación. Miran más allá de las sombras que reclaman y son vencidos, a veces, por ellos mismos que mueren por sentir tanto, por el propio abandono, el de ellos mismos, que no hay abandono peor. Miran un punto lejano, como si este estuviera cercano o ellos lejos, da igual, porque al final los que miran por las ventanas respiran como las casas abandonadas: callados, en mitad de la noche, esperando la definitiva oscuridad.
Los que miran por las ventanas se conectan en la distancia y entre ellos nacen hilos de conversación. Se acompañan, se presienten, se huelen, hacen puentes colgantes que a veces alejan o acercan, pero siempre son pozos donde se miran y sirven de salvación. Hay algunos que tienen alas, pero solo vuelan cuando están frente a la ventana, frente a un libro, un poema, frente al ser amado, algunos simples ritos de conservación. Porque los que miran por las ventanas aprendieron a esperar aunque estén prestos a la marcha, sabiendo que todo se acaba o vuelve, guardan silencio, pero tienen mucho que contar, que decir… como yo…