Solo con la muerte de Humberto, hombre joven y fuerte, repararon que ya Lucrecia había enterrado a 4 esposos. Lucrecia era una mujer delgada, blanca, de pelo oscuro, sin atractivos diferentes a otras mujeres. Se había casado joven, con tan solo 16 años, con Don Pedro, quien a sus 40 se había enamorado de la joven muchacha.
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Con los meses de matrimonio se dieron cuenta que Don Pedro se iba secando: su piel adherida a los huesos era un pellejo colgante. Pálido y débil de la cama no pudo volver a pararse. Después de eso, vino el deceso y el llanto, también los ropajes de luto que ya más nunca Lucrecia pudo quitarse.
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Entre hombre y hombre, matrimonio y matrimonio, guardaba su tiempo de viudez y de reposo, pero nadie se había percatado, hasta ese momento, de las coincidencias en las muertes de sus esposos: secos, en la cama matrimonial y sin fuerza aparente morían los mozos, que según las malas lenguas, más que con cara infeliz y de agonía, morían con evidente cara de gozo.
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Con su última viudez fueron muchas las conjeturas: que los envenenaba porque era una caza fortuna, que los asfixiaba sin clemencia ninguna, pero de todas aquellas leyendas sobresalía especialmente una: supuestamente en las faenas amatorias, Lucrecia era como ninguna, los maratones en la cama podían durar hasta mil lunas y era capaz de extraer con sus labios todos los fluidos como la más hambrienta de las criaturas.
HASTA UNA PRÓXIMA HISTORIA, AMIGOS
nancybriti ·
(es.en) Apuntes sobre la Poesía ● Notes on Poetryalmadepoeta ·