Habían sido niños débiles, maltratados, abusados. Muchos de ellos habían sido abandonados y habían vivido errantes sin suelo propio, ni techo, solo con el cielo sobre ellos. Jamás supieron de nanas anochecidas, de arrumacos en la frente, de caricias desprendidas ni de palabras que dieran calor. Por eso habían crecido rotos, fracturados y carentes: acostumbrados a la traición.
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Se conocían por su forma de caminar esquivo, por las muecas que hacían, por la mirada vaga de roedor silenciado. Vagaban por las calles y se detenían en las esquinas mirando de lado a lado, como si de cualquier lado, inesperadamente, apareciera la angustia, la acostumbrada angustia del día a día.
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A muchos de ellos intentaron cambiarlos, arreglar lo roto que llevaban, tapar los agujeros, las fracturas, pero cuando lo hicieron, ya era tarde. Era demasiado el hueco, profundo, y nada podía llenarlo. Demasiados años con la herida abierta, sangrante, como para que, de la noche a la mañana, no se sintiera la carne viva del sufrimiento.
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Entonces los que no estaban rotos se tatuaron la culpa y llevaban la pesada pena de no poder hacer nada, y también se rompieron, aguijoneados por los otros. Fue así que nació una sociedad de hombres rotos que jamás entendió que la idea era cuidar la semilla, no el árbol; que está bien romperse de vez en cuando, pero lo que no está bien son los odios manifiestos y llevar la herida de un lado a otro.