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Con meticulosos vestidos de seda y cabellos largos, las muñecas ocupan un gran espacio en el dormitorio de mi mamá. Ella, en sus últimos años, llegó a comprar muchas, a las cuales peinaba, vestía, alimentaba y llegaba hasta hablarles en las muchísimas horas de soledad. Los que llegaron a conocer a mamá sabían lo abnegada que era con ellas.
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Un día antes de su muerte, mi madre había ido al armario y había decidido, ante la coyuntura económica que estaba atravesando, deshacerse de algunas muñecas. Había mandado a llamar al coleccionista para que las revisara a todas y decidiera cuál de ellas, era la de mayor valor y lamentablemente, venderla. Penosamente, ese día encontraron a mamá tirada en la alfombra de la habitación, con la llave del armario en la mano: le había dado un infarto fulminante.
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Aun así, algunos de sus familiares no han desistido de la idea y quieren venderlas, por eso vino ayer el coleccionista. Al principio las muñecas estaba nerviosas, pero yo les dije que actuaran como yo: normal. Ante los demás, yo soy una muñeca como todas, pero no. Por eso cuando mamá se dio cuenta de mi secreto, tuvo que morir y desdichadamente, fue lo que le ocurrió ayer al coleccionador.